ACORDES INTERNACIONALES

Expediente Irán: qué significa ganar una guerra

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Una guerra no se gana porque un presidente la declare terminada, ni porque una de las partes destruya más blancos que la otra. Se gana cuando el uso de la fuerza consigue un resultado político reconocible y relativamente estable. Por eso conviene distinguir entre éxito táctico, ventaja operacional y victoria estratégica.

Para Israel, la victoria plena no es sólo degradar capacidades; es cambiar de manera durable la naturaleza del problema iraní. Reuters reportó ayer que el gobierno israelí define su objetivo como destruir los programas nuclear y misilístico de Irán y crear condiciones para que los iraníes derroquen a sus gobernantes clericales. Esto último es una condición necesaria para el gobierno de Netanyahu, pues en su concepción de victoria el objetivo final es el derrocamiento del régimen. Aun así, los propios funcionarios israelíes reconocen que no hay certeza de que la guerra produzca ese desenlace y que, hasta ahora, la evolución interna sigue siendo incierta.

Para Trump, en cambio, ganar parece significar algo más estrecho y más vendible políticamente. Primero, poder afirmar que destruyó o degradó severamente la capacidad nuclear y misilística iraní; esa fue la justificación central que él mismo dio al inicio de la campaña. Segundo, reducir la amenaza inmediata contra fuerzas e intereses estadounidenses, algo que la Casa Blanca también incluyó en su defensa pública de la operación. Tercero, obligar a Teherán a aceptar una posición de subordinación, aunque no adopte la forma jurídica de una rendición: de ahí la exigencia de unconditional surrender y hasta la pretensión de opinar sobre un liderazgo iraní aceptable. Y cuarto, convertir todo eso en una victoria política y económicamente utilizable, sin ocupación, sin guerra indefinida y sin un shock energético inmanejable. Esta última parte no es un objetivo planteado, pero sí una inferencia razonable: la administración calculó al menos 11.3 mil millones de dólares de costo en los primeros seis días y, al mismo tiempo, pidió a Israel frenar ataques sobre infraestructura energética iraní para no seguir amplificando la crisis del petróleo.

Para Irán, en cambio, la definición de victoria es distinta y más austera: sobrevivir. Antes de la guerra, su línea negociadora pedía alivio de sanciones y reconocimiento de su derecho al enriquecimiento pacífico de uranio. Con la guerra en curso añadió otra exigencia elemental: que nadie en Washington decida quién manda en Teherán. En otras palabras, para Teherán una salida negociada solo sirve si no se parece a una capitulación y si deja intacto un mínimo de reconocimiento soberano del régimen.

Por eso no conviene tomar demasiado en serio la frase de Trump que afirma que la guerra está very complete, ni la idea de que el final depende de un anuncio unilateral. Gideon Saar dijo ayer algo más crudo y real: la guerra terminará cuando Israel y Estados Unidos decidan que es momento de parar, no antes.

Datos vs. ruido- Dato: ayer hubo un ataque contra una sinagoga en Estados Unidos. No es un hecho aislado del clima de estos días; la desinformación en redes, la normalización del antisemitismo y la demonización sistemática de Israel contribuyen a crear el ambiente en el que esta violencia se vuelve posible.

Ruido: las redes insisten en presentar estas agresiones como episodios desconectados, como reacciones comprensibles o incluso como hechos menores. No lo son. Cuando se deshumaniza de manera constante a Israel, el paso del discurso al ataque se vuelve posible.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón