PESOS Y CONTRAPESOS

la riqueza de las naciones (5/5)

Arturo Damm Arnal. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Arturo Damm Arnal. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Se cumplieron, el 9 de marzo, 250 años de la publicación, en 1776, de Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de Adam Smith, uno de los libros más importantes de la literatura económica, de cuya lectura, estudio y discusión puede sacarse mucho provecho.

Para terminar esta serie traigo a colación esta frase de Smith, que no aparece en La riqueza de las naciones, sino en un manuscrito de 1755: “Poco más se necesita para llevar a un Estado a su máxima opulencia, desde la más baja barbarie, que la paz, impuestos moderados, y una tolerable administración de justicia; todo lo demás lo trae el curso natural de las cosas.”

Paz, respeto a los derechos de los demás, que es la esencia de lo que Smith llama el sistema de la libertad natural (dicho sea de paso: los derechos siempre son de los demás, porque no tenemos derechos para con nosotros mismos).

Impuestos moderados, los necesarios para financiar, nada más, las legítimas tareas del gobierno, que para Smith son tres: (i) defender a los ciudadanos de las agresiones, tanto externas (de los gobiernos de otros países), como internas (de los delincuentes nacionales); (ii) construir y mantener las obras de infraestructura necesarias para la expansión de los mercados (caminos, puentes, canales, faros, etc.); (iii) proporcionar educación básica a la población (remedio, de acuerdo a Smith, para la enajenación que produce la división del trabajo). Smith favorece los impuestos a la renta de la tierra y a la compra de objetos lujosos y se opone a los que gravan el capital y los salarios.

Tolerable administración de justicia, es decir, impartición de justicia, que consiste, en primer lugar, en prohibir y prevenir las injusticias, las violaciones de derechos, los delitos, y, de fallar, en castigar y obligar a resarcir al delincuente, al violador de derechos, al injusto. Ningún gobierno, por más honestos y eficaces que sean los gobernantes, es capaz de garantizar el respeto de todos los derechos, de todos los ciudadanos, todo el tiempo, por lo que siempre habrá delitos e impunidad. Es por eso que Smith habla de una tolerable, no perfecta, administración de justicia.

Paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia, y el resto lo traerá el curso natural de las cosas, que consiste en lo que las personas hacen cuando, respetando los derechos de los demás, se las deja hacer libremente. El resultado, pensaba Smith, será mayor bienestar para más gente.

Si se permite el funcionamiento del sistema de la libertad natural (la mayor competencia y comercio posibles), el resultado será la mejora continua de todos, sobre todo como consumidores. Smith no estaba a favor de los empresarios sino de los consumidores, razón por la cual se oponía al mercantilismo (sistema mercantil, como lo llamó), y favorecía la economía de mercado (término que no usó).

Lo dijo claramente: “El consumo es el único fin y propósito de toda producción; y el interés del productor debe ser atendido sólo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor”. El consumidor es el soberano y el productor el súbdito, cuyas ganancias se justifican éticamente si las genera en mercados lo más competidos posible, para lo cual se requiere del sistema de la libertad natural, del cual, en México, estamos lejos y alejándonos cada vez más.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón