DE LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

Cuando el parlamento vuelve a hablar

Rafael Solano *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: Imagen: La Razón de México

Durante varios años el Congreso mexicano dejó de ser un espacio de incertidumbre. Y cuando un parlamento deja de producir incertidumbre, deja también de cumplir una de sus funciones esenciales: deliberar.

Las mayorías automáticas pueden ser eficientes para gobernar, pero son profundamente estériles para la democracia. El Parlamento existe justamente para lo contrario: para procesar el conflicto entre intereses legítimos.

Por eso la sesión reciente en la Cámara de Diputados resultó particularmente reveladora. Después de mucho tiempo, el Congreso volvió a parecer lo que en teoría siempre ha sido: un espacio donde las decisiones no están escritas de antemano.

Confieso que la sesión fue sumamente interesante. Los partidos defendieron sus intereses sin demasiadas simulaciones.

Para algunos críticos, el hecho de que la estabilidad institucional dependa del PT o del Partido Verde es una señal de debilidad de la democracia mexicana. Sin embargo, visto desde una perspectiva más sobria, lo ocurrido en el pleno puede leerse de otra manera: como un ejercicio democrático en su forma más elemental.

No una democracia idealizada, sino una democracia dahliana en estado puro: un choque abierto de intereses entre representaciones políticas. Podríamos incluso cuestionar las motivaciones o la moralidad de los mismos, pero quiero resaltar: intereses, puros y duros.

Es cierto que el conflicto ocurrió dentro de la propia coalición gobernante. Y también es cierto que lo sucedido expone algo que desde hace tiempo comenzaba a percibirse: el faccionalismo dentro de esa coalición.

Morena no es una fuerza monocromática. Nunca lo ha sido. Su verdadero pegamento político ha sido el poder.

Durante varios años, la figura de López Obrador logró algo políticamente extraordinario: amalgamar dentro de un mismo bloque a dos grandes corrientes que han disputado el control de México durante casi un siglo.

Por un lado, el nacionalismo revolucionario heredero del régimen posrevolucionario. Por el otro, una corriente liberal que, aunque fragmentada, siempre ha estado presente en la disputa por la conducción del Estado.

Pablo González Casanova lo describió con claridad desde la ciencia política. Y más recientemente Ramón Alberto Garza, periodísticamente lo retoma en su libro Dinastías: la política mexicana suele organizarse alrededor de estas dos grandes tradiciones de poder.

Lo que vimos en el pleno de la Cámara de Diputados fue, en esencia, el resquebrajamiento de aquella amalgama. Y con ello, el regreso de una disputa histórica. Por un lado, el nacionalismo revolucionario —cuya raíz ideológica puede rastrearse hasta el echeverrismo— y que hoy encuentra su expresión más clara dentro de Morena.

Por el otro, los resortes liberales que, aunque dispersos en distintas fuerzas políticas, lograron contener el intento de dominio total de la nación.

Después de siete años de hegemonía política relativamente ordenada, la disputa por el poder ha vuelto a abrirse. Eso no significa necesariamente un debilitamiento inmediato del Gobierno. Sería precipitado afirmarlo.

El oficialismo mantiene un control institucional considerable y una posición dominante dentro del sistema político. Pero lo que ocurrió en el Congreso sí dejó una señal clara para toda la comunidad política. Morena es mayoría relativa. No mayoría absoluta. Y cuando esa distinción comienza a hacerse visible, el sistema político entra en otra fase.

En esa fase suelen aparecer nuevas coaliciones, no necesariamente electorales, sino parlamentarias, territoriales o incluso ideológicas. La política mexicana está entrando en un periodo de reacomodos postobradoristas.

Paradójicamente, lo ocurrido en el Congreso también dejó otra enseñanza institucional que conviene no perder de vista: la proporcionalidad funciona. El sistema diseñado para evitar concentraciones absolutas de poder mostró, al menos por un momento, su capacidad para introducir equilibrio.

La democracia rara vez se ve elegante en estos momentos. Es ruidosa, incómoda y muchas veces contradictoria, y sus debates pueden llegar a ser pueriles. Pero cuando los intereses chocan abiertamente y las mayorías no son automáticas, el sistema vuelve a respirar. Porque al final, una democracia madura no se mide por la ausencia de conflictos, sino por su capacidad para procesarlos sin romperse.

Y en México, después de mucho tiempo, el Parlamento volvió a hablar.

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