La historia de los grandes eventos deportivos ha pasado con frecuencia por confrontaciones mundiales que inevitablemente les han afectado. Son varias las ocasiones en que se han suspendido o han estado rodeadas de incertidumbre. La Segunda Guerra Mundial obligó a la suspensión de Juegos Olímpicos y mundiales de futbol. EU y la URSS, hoy Rusia, se hicieron boicot tanto en los Juegos Olímpicos de Moscú como en Los Ángeles.
Suponer que la política y las confrontaciones entre las naciones puedan pasar de largo en medio de eventos deportivos de gran calado, no tiene sentido. Habrá quien aproveche las circunstancias para protestar o para hacerse ver, independientemente de lo que quiera provocar.
El deporte es parte de la vida de la gente. Tiene que ver con su cotidianidad y más con su expansiva comercialización y con lo que significa para las sociedades. Los equipos de cualquier deporte y los grandes atletas acaban por ser los representantes de los barrios, de los países y, por lo que hemos visto en los últimos años, del mundo sin importar nacionalidades.
La globalización ha colocado a futbolistas como los grandes referentes. Messi y Cristiano Ronaldo, entre muchos otros, se han convertido en personajes del mundo; sus playeras pueden verse en los lugares más inhóspitos y apartados del mundo.
No hay manera de abstraerse de las guerras que hoy padece el mundo. Rusia y Ucrania llevan más de 4 años enfrentados. Pakistán atacó a Afganistán hace poco más de un mes. Israel y Palestina llevan enfrentados siglos, pero hace más de dos años están en una guerra desigual.
Lo más fuerte que hoy está viviendo el mundo es la guerra entre EU e Israel contra Irán. Durante casi tres semanas el mundo ha sido testigo de un ataque brutal, que ha ido paso a paso minando y asesinando a una gran cantidad de ciudadanos iraníes.
No hay manera de que en el país se pueda desarrollar alguna actividad de no ser la de correr y esconderse para evitar la muerte ante los bombardeos. Irán se defiende, pero todo esto tendrá que acabar sin que al final resulte alguien ganador del conflicto. La historia del mundo nos demuestra que en guerras de esta naturaleza difícilmente alguien gana, aunque se declare ganador.
El mundo está, estamos, en medio de una vorágine encabezada por Donald Trump. Con el presidente no hay diplomacia posible. Lo único que hay es la rendición, la cual se consigue a través de amenazas cumplidas y aranceles. Desde que inició su segundo mandato todo han sido amenazas, lo que ha colocado a muchas naciones contra la pared, obligando a más de un gobierno a ceder a sus exigencias y presiones.
Con Mundial o sin Mundial las cosas no serían muy diferentes. Lo que sucede es que es inevitable pensar en la viabilidad del evento, al tiempo que no hay manera de que algunas naciones puedan participar en él. Estamos ante una brutal guerra en medio de un torneo del deporte más influyente y trascendente del mundo.
Independientemente de lo que significa para millones de aficionados que su país haya calificado, la atención es mundial. No hay manera de abstraerse, la mercadotecnia y el gusto futbolero se combinan en un momento climático.
En este Mundial han aparecido circunstancias que no tienen antecedentes. Trump es quien dirige el tránsito. Le han entregado de manera inopinada un premio por la paz, siendo que está detrás de varias guerras.
No hay manera de que Irán vaya al Mundial. La vida en el país está en medio de la destrucción, la muerte, y en algún sentido en el fanatismo. El conflicto, en la medida en que pasan los días, se regionaliza y tiene agazapada a China.
Se pueden hacer bolas pensando quién puede sustituir a Irán. Todo fuera como eso. El mundo está en vilo con un presidente que quiere una nueva geopolítica en la que la hegemonía sea de EU, más allá de su “América para los americanos”; seguiremos en la plena incertidumbre.