ACORDES INTERNACIONALES

Expediente Irán: Mapa de la oposición. ¿Quién hereda Irán?

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Si el conflicto avanza hacia una fase de desenlace, la pregunta ya no es sólo cuánto puede resistir el régimen iraní, sino quién podría reemplazarlo.

Desde fuera, hay dos tentaciones simétricas: imaginar que en Irán existe una fuerza única, lista para reemplazar al régimen en cuanto éste se desgaste lo suficiente, o suponer que no existe oposición alguna.

Ambas lecturas son cómodas, pero falsas. Lo que hoy muestran las protestas, la represión y las fracturas del exilio es distinto: en Irán sí hay un descontento social amplio, pero todavía no existe un relevo nacional unificado, reconocible y capaz de conducir una transición. Las agencias han documentado una constelación opositora fragmentada, con focos de fuerza reales, pero sin mando común ni una arquitectura clara de relevo.

La primera capa de esa oposición está dentro del país. Ahí están los comerciantes del bazar, golpeados por la inflación y la pérdida de poder económico; los estudiantes, que han vuelto a movilizarse en las universidades; las mujeres y defensoras de derechos, que son el núcleo moral más persistente del rechazo al sistema; y antiguas figuras reformistas o disidentes, como Mir-Hossein Mousavi, cuyo peso simbólico sobrevive a la vigilancia y al encierro. Ninguno de ellos es menor. Al contrario, muestran que el malestar atraviesa sectores distintos y que no puede reducirse a un episodio aislado. Pero una sociedad agraviada, incluso movilizada, no constituye por sí sola una alternativa de gobierno.

La segunda capa está fuera del país. En el exilio hay visibilidad, recursos, medios y redes; también hay divisiones profundas. Reza Pahlavi concentra atención internacional, pero su respaldo efectivo dentro de Irán sigue siendo difícil de medir. El MEK —los Muyahidines del Pueblo de Irán, una organización opositora del exilio tan estructurada como controvertida— conserva una maquinaria política más rígida, aunque arrastra un descrédito considerable entre amplios sectores de la sociedad iraní. Entre ambos polos no ha surgido un frente capaz de articular, sin volver a fracturarse, a monárquicos, republicanos, movimientos sociales, reformistas y minorías regionales. La diáspora tiene voz, pero está fragmentada.

La tercera capa no está en una organización, sino en los circuitos por los que circula el descontento. Medios en persa fuera de Irán, plataformas digitales y redes de evasión tecnológica permiten que una sociedad vigilada siga produciendo información, imágenes y denuncia hacia el exterior. Pero ese mismo ecosistema, atravesado por censura, apagones de internet, propaganda y operaciones informativas, vuelve más difícil distinguir entre fuerza social duradera, indignación pasajera y relato interesado. Por eso, en Irán, la circulación de la oposición también es parte del conflicto.

Ése es el punto decisivo. El problema iraní no consiste sólo en medir cuánto resiste el régimen, sino en preguntarse quién podría heredar el país sin convertir el vacío en una nueva fractura. La caída de un poder puede abrir una oportunidad, pero no garantiza por sí misma un orden político viable.

Y aunque la oposición al régimen existe, sigue fragmentada, tiene focos de fuerza reales, aunque no un mando común ni un relevo nacional claro. A la luz de esa fractura, el final del conflicto dependerá de cerrar el nudo de la sucesión política.

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