¿Qué le dices a un muerto si se llevó más de un tercio del aire que te tocaba? Le puedes gritar así: “Algo le falta al mundo, y tú te has puesto a empobrecerlo más, y a hacer a solas tus gentes tristes y tu Dios contento”. Son versos de Jaime Sabines, pero yo los exprimo cuando me desacostumbro a llevar en la boca el sabor amargo de mis ausentes. Son demasiados.
A Sabines lo arrolló el fallecimiento de familiares y, luego, de sus padres. Entonces escribió líneas que cualquiera puede apropiarse, porque tocan la llaga fresca y húmeda, sea que uno haya enterrado a su persona necesaria el día de ayer o hace más de cuatro décadas. Ante la sepultura de su madre, el chiapaneco sangra estas palabras: “No es posible pasarse la vida hablando de los muertos. Estoy harto. Me da vergüenza. (Lo malo es que no acaba uno de encontrar cómo deshacerse de los muertos). // ‘Dejad que los muertos entierren a los muertos”, es una frase estupenda de Cristo. Pero, ¿no son los muertos los que entierran a los vivos?, ¿no son los muertos los que nos matan un poco, los que nos jalan un poco a su propia tumba? ¿Cómo rescatar nuestra vida de manos de los muertos? Ni a palos ni con lumbre: los muertos nos tienen agarrados furiosamente de los calzones, del pellejo”.
El estilo engañosamente fácil, no fingido, neto, a ras de tierra, hace que doña Luz pierda el foco y en instantes se vista de mi mamá, mi papá, de Lucy y Fer, mis hermanos. Algunos se fueron sin decir adiós, el corazón les ganó el tiempo. Yo sigo reclamándoles no vencer el cáncer. La violencia. La vejez. El infarto. Me dejaron insolentemente sola en una montaña de viento helado. No concibo mayor humillación, pero la piel delgada del escritor es capaz de darle espacio a mi coraje. Le pone temperatura a lo dolido, a mi desolación, mi bronca, mis no-ganas de aceptar que se fueron para siempre. ¿Alguien puede evitar esos zapatos? ¿Alguien que no desee abrazar el cráneo solo, indefenso y punzante de su madre, para acompañarla al menos un poco?

Quemón a “aguatenientes”
Durante una entrevista, Sabines resumió en una frase la esencia de su trabajo poético: “La alegría y el dolor son mi tarea”. Por eso me acompaña en mi mismidad, porque maneja una amplitud de tonos para lo que necesito decir y ayuda a caminar mis soledades, como si yo no tuviera piernas. También me sacude su insistencia de vivir a tope. Con desbordamiento. No dejarme nada en el tintero, porque entiendo lo inevitable, lo inhabitable del punto final. Él lo escribe con esta soberbia:
“Alguien me habló todos los días de mi vida
al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte”.
Qué suerte tener la pluma limpia de Sabines, a cien años de nacido.

