BAJO SOSPECHA

El Papa, los 50 años y los desaparecidos en México

Bibiana Belsasso. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

A 50 años del golpe militar en Argentina, la memoria sigue viva. El 24 de marzo de 1976 marcó el inicio de una de las etapas más oscuras de América Latina: una dictadura que dejó más de 30 mil desaparecidos, en su mayoría jóvenes, estudiantes, activistas y ciudadanos que fueron perseguidos, secuestrados y borrados por el aparato del Estado.

Cinco décadas después, Argentina no olvida. Cada año, miles de personas salen a las calles para marchar, para nombrarlos, para exigir verdad y justicia. Las consignas siguen siendo las mismas: “nunca más” y “son 30 mil”. No es sólo una cifra, es un recordatorio de vidas truncadas y de una herida que sigue abierta.

En la conmemoración de los 50 años, las plazas se llenaron de familias, organizaciones de derechos humanos y nuevas generaciones que no vivieron la dictadura, pero que han hecho suya la memoria. Las madres y abuelas de Plaza de Mayo siguen siendo símbolo de resistencia, caminando con la misma dignidad que hace décadas.

Recordar no es sólo un acto del pasado, es una advertencia permanente. Porque el olvido abre la puerta a que la historia se repita. Argentina ha convertido el dolor en memoria activa, en una lucha colectiva que se transmite de generación en generación.

A 50 años, los desaparecidos siguen presentes. En cada nombre, en cada marcha, en cada voz que se niega a callar. Porque, dicen en las marchas, mientras se les recuerde, nunca desaparecerán del todo.

EL RECUERDO

ACTIVISTAS se manifestaron durante el 50 aniversario del golpe de Estado de Argentina, ayer. ı Foto: AP

En México hay, por lo menos, 130 mil desaparecidos. Tan sólo en 2025 se sumaron más de 14 mil nuevos casos. Es decir, en un solo año, la mitad de los jóvenes que fueron desaparecidos durante la brutal dictadura en Argentina.

Pero aquí está la diferencia: mientras en Argentina la memoria es política de Estado, en México, parece por momentos que se quiere olvidar a los desparecidos. Es más, hay algo todavía más triste que no deja descansar, si es que se puede, a las familias. Y es que muchas veces se maquillan las cifras.

En Argentina, a 50 años del golpe, marchan, nombran, recuerdan. Aquí, las madres buscadoras escarban con sus propias manos porque las autoridades de distintos niveles no llegan. No hay justicia, no hay verdad, no hay acompañamiento. Muchas veces, ni siquiera hay puertas abiertas para apoyarlas en sus calvarios.

Si alguien conoció la represión de la dictadura argentina y cómo fueron desaparecidos tantos jóvenes, fue el papa Francisco.

Tuvimos la fortuna de poderlo entrevistar en lo que fue su última entrevista a un medio de comunicación.

En esa plática hablamos de los desaparecidos en la dictadura argentina y los desaparecidos en México. El papa Francisco insistía en algo que le parecía era de gran importancia para él: no olvidar.

Decía que el olvido es “la peor anestesia”, porque adormece a las sociedades y les permite repetir las mismas tragedias. Para él, la memoria no es un gesto simbólico ni una consigna vacía, es una responsabilidad moral. “No es ponerse un pañuelo —decía—, es mantener viva una memoria”.

Recordaba cómo, en distintas ocasiones, visitó cementerios militares. Caminaba entre las cruces y le llamaban la atención las edades: 19, 20, 22 años. Puras vidas empezando. Y entonces pensaba en las madres. En esas cartas oficiales que llegan con una medalla y una frase: “Su hijo es un héroe”. Pero, decía, ninguna madre quiere eso. “Yo no quiero un héroe, quiero a mi hijo”. Ahí está el verdadero dolor, el que no se puede maquillar con discursos.

Cuando en la conversación salió México, y le dijimos que aquí hay más de 130 mil desaparecidos y miles de madres que siguen buscándolos todos los días, su reacción fue inmediata: es impresionante. Para él, la violencia no es sólo la guerra o las dictaduras, es todo lo que rompe a la persona, todo lo que deshumaniza. Y eso, decía, lo estamos viendo en muchas partes del mundo. Es muy doloroso para una familia salir adelante sabiendo que tiene un desaparecido.

Cuando hablamos del crimen organizado en México nos explicaba: “A muchas de las personas que terminan en la violencia les falta algo esencial, la ternura”. Decía que no saben lo que es una caricia, que nunca la recibieron o la dejaron de lado. Y cuando alguien crece sin eso, es mucho más fácil que caiga en dinámicas de violencia o destrucción.

La salida, insistía, no está en grandes discursos, sino en cosas muy concretas. En cuidar a los más vulnerables: los niños, los ancianos. En reconstruir la familia, que es donde se aprende el afecto, el respeto, los límites. Porque cuando la familia se rompe, también se pierde el rumbo. Francisco hablaba desde la experiencia. Él vivió la dictadura argentina, donde todos los días había noticias de detenidos y desaparecidos. Contaba cómo, siendo jesuita, ayudó a esconder personas, a sacarlas, a protegerlas. No lo hacía pensando en el riesgo, sino porque era lo correcto. Era, en el fondo, una forma de resistir frente al horror.

Y volvía siempre al mismo punto: recordar es una forma de justicia. Argentina, con todo su dolor, ha construido una memoria colectiva para que lo que pasó no vuelva a repetirse. Marchan, nombran, recuerdan.

En México, donde miles de familias siguen buscando a sus desaparecidos sin apoyo suficiente, ese mensaje pesa todavía más. Porque aquí muchas veces el silencio parece imponerse.

Pero no. No hay que bajar los brazos, decía. Porque mientras alguien recuerde, mientras alguien diga su nombre, mientras alguien siga buscando, esas personas no desaparecen del todo. Y ahí, en esa memoria viva, empieza también la justicia.

Nosotros en México tendríamos que recordar todos los días a nuestros desaparecidos.

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