Imagínate decirle esto a quien ocupa tus ansias:
“Si te cuentan que caí, sí,
besa al vuelo mi herida de paloma,

La trampa de Ormuz: el zugzwang de Trump
que beso amando tu perfil
y en tu abrazo deriva mi persona”.
O poner entre ambos un manifiesto brusco, del tipo:
“Dulce anochecer, que sin querer
me pone entre la espada y la pared.
Prisionero, te espero hasta el amanecer.
Dulce y cálido es el sudor
que bebo de tu cuello, mujer.
Y ahora deja... déjame por fin arder.
Si en el filo del momento
yo perdiese la razón
odio a fuego lento
te comería... te comería el corazón”.
Cuántos matices simultáneos viste el amor. Sí, tú puedes nacer en el instante de un abrazo. Y sentir la urgencia retórica de arrancarle el corazón a quien deseas, en un combo de capricho y angustia de poseer tanto esa masa cardiaca, como al ser que la envuelve. Imposible, que te sacien. Nunca serán del todo tuyos. De ocurrir, la querencia detendría su carrera loca y tú, colgando, sin destino. Sin euforia. ¿Qué perseguir entonces? Aún más, ¿quién serías? Claro, estoy parafraseando a Roland Barthes, los Fragmentos de un discurso amoroso, esa genialidad que analiza a través de la literatura, el fenómeno de volcarte en ella o él, hasta ayer desconocidos.
Por otro lado quisieras devorar entero a quien te gusta. Obedeces a una insania, una especie de adicción, el anhelo absurdo de explorar sus adentros, a ver si de esa manera aprendes la causa de tu antojo.
Piensa que le dices algo como:
“Difícil es el amanecer
profundo este anochecer
suave es el silencio que huele a ti.
Frágil es lo que yo te doy
qué fuerte aun cuando yo no estoy
qué eterno para quien lo quiera romper.
No me dejes que esta noche soy cobarde
estoy desnudo de valor”.
O, mejor, de golpe reconoce que esa persona vive yéndose y tú aguardas, inmóvil amante:
“He esperado en el andén de tus ojos
y mi voz se quiebra en dos, no hay retorno.
Llueve triste dentro de mí, me llueve otoño...
Hojas secas que al pisar
me van contando mi soledad.
El silencio viene y va
trae sonidos de ciudad”.
Ahí están unas pocas tonalidades de la apetencia. Tal vez hoy mismo dediques alguna.
Arriba cito canciones de vigor bárbaro, que Miguel Bosé ha grabado a lo largo de años. Creo buena idea rescatar la vocación del cantante por la poesía. Se trasluce en su elección de letras como éstas, en los homenajes a Lorca, a Alberti, en su musicalización (2004) de esa catedral imponente que es el “Soneto V” de Garcilaso:
“Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero...”.
El reiterado ensañamiento del amor, con varias gradaciones.
Decirlo con poesía o con canciones. Qué más.

