SOBRE LA MARCHA

Gasolinazo, el cuentazo de la 4T

Carlos Urdiales. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Siempre hay un posteo. Siempre está el registro periodístico, puntual, riguroso. Siempre la demagogia y el populismo mandan durante las campañas políticas de aquéllos que dicen “no ser como los de antes”. Y lo son.

La guerra de Israel y Estados Unidos en contra del régimen que gobierna Irán quebró estimaciones económicas y energéticas. Un cisne negro imposible de presupuestar eleva los precios del petróleo y cada país sufre lo que su circunstancia determina.

Para México y nuestra historia petrolizada en declive, el tema es sensible. Muchas generaciones crecimos con la épica de la expropiación de 1938. En nuestra educación, la industria nacionalizada se vendió como soberanía, riqueza y seguridad energética.

Con el boom del crudo mexicano, en la década de los ochenta, fuimos efímeramente ricos. Y luego estructuralmente pobres, o en vías de desarrollo. Un camino tan largo que parece eterno.

Para los políticos de antes y de más antes, como para los de hoy, que constituyen el nuevo régimen en el poder, la épica del petróleo, de la refinación, de las exportaciones y las importaciones, siempre ha sido festín electoral cimentado en medias verdades junto con mentiras completas y copeteadas.

AMLO y los operadores de su campaña presidencial y durante su administración, dejaron testimonios de esas promesas de hace ocho años; que si votaban por López Obrador él construiría y modernizaría refinerías de Pemex, con lo cual los precios de las gasolinas bajarían.

Hoy el principal insumo de movilidad nacional está más caro que cuando Peña Nieto nos asestó el gasolinazo. Hoy México gasta millones de dólares (280) a la semana para evitar que el precio por litro promedio llegue a 32 pesos.

Sin embargo, los estímulos fiscales para mantener a raya la inflación, asociada al precio de las gasolinas, no pueden durar para siempre, no nos alcanza.

El detonador ha sido la guerra que ha puesto en jaque al comercio global de petrolíferos en el estrecho de Ormuz, pero la razón de fondo es que seguimos importando derivados petroquímicos.

Mentira que ahora compremos afuera menos, la precariedad de nuestra soberanía energética se nota no en el abasto, sino en el precio.

Sintomático resulta la propuesta de que, si la gasolina de alto octanaje estaba en 30 pesos, se cargara gasolina de bajo octanaje para entender el tamaño de la presión económica que tiene y representa el conflicto internacional, sumado a la mentira que, en casa, nos vendió la 4T.

Si el Gobierno decidiera no sangrar más las arcas públicas y dejar que los precios de la Magna, la Premium y el diésel flotaran según las reglas del mercado, la etiqueta en las bombas despachadoras haría añicos el cuento sobre cómo, sin tanta ciencia y con pura honestidad, México tendría capacidades para gozar lo que en justicia tocaba: gasolinas baratas y suficientes.

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