En esta colección de ensayos, Elogio de la renuncia: Un ensayo sobre lo que dejamos ir para vivir (Ed. Koan, 2026), Adam Phillips propone que toda elección implica una pérdida y que la vida psíquica está estructurada tanto por lo que se desea como por lo que se abandona. La renuncia es una condición constitutiva de la experiencia humana, que determina el campo del deseo. Toda elección es una renuncia disfrazada.
A continuación, una transcripción de algunas de las ideas centrales del autor:
Por lo general, cuando la gente dice que renuncia a algo, a menudo se refiere a cosas como fumar, tomar alcohol, comer chocolate o cualquiera de los placeres cotidianos que sirven de evasión; no están hablando del suicidio (porque la gente tiende a querer renunciar sólo a los hábitos supuestamente autodestructivos). Renunciar a ciertas cosas puede ser bueno para nosotros, pero la idea de alguien que simplemente renuncia, pocas veces resulta atractiva. Tiende a haber un consenso cultural de que la vida es, y debe ser, digna de ser vivida.
Existe la renuncia que podemos admirar y a la que podemos aspirar, y la renuncia que nos desestabiliza profundamente. Por ejemplo, ¿qué esperanza real o desesperación real nos obliga a desistir? ¿Qué imaginamos exactamente que estamos haciendo cuando renunciamos a algo? Renunciamos a las cosas cuando creemos que podemos cambiar, y también renunciamos cuando creemos que no podemos hacerlo. Junto a esta orgía de autosacrificio para mejorar nuestras vidas, encontramos la desesperación y el terror ante la simple idea de querer renunciar. La renuncia siempre es algún tipo de momento crítico.
El deseo de regresar es algo con lo que siempre tenemos que lidiar. Como si también nos impulsara un deseo por las acciones inacabadas, por los placeres de la indecisión, la incertidumbre y el aplazamiento, por el deseo de renunciar. Normalmente tendemos a pensar en el acto de rendirse como una falta de valentía. Tendemos a valorar e incluso a idealizar la idea de llevar a término las cosas, de finalizarlas en lugar de abandonarlas. Vale la pena preguntarse ante quien creemos que debemos justificarnos cuando renunciamos o cuando estamos decididos a no hacerlo. Los héroes y las heroínas son personas que no se rinden; a veces pueden retroceder, pero en última instancia perseveran. Los héroes trágicos son nuestros ejemplos catastróficos de la incapacidad para renunciar.
Renunciar implica siempre renunciar a querer algo o a alguien, renunciar a querer ser alguien. Lo que siempre se debe abandonar, al renunciar, es el deseo. A lo que no podemos renunciar, parece, es a tener ideales del yo, una persona que nos gustaría llegar a ser, lugares a los que nos gustaría ir; siempre habrá un yo que aún no hemos alcanzado.
No hay más que un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida equivale a responder la cuestión fundamental de la filosofía, escribió Camus en 1942. En este pasaje de El mito de Sísifo, Sísifo es el absurdo, atormentado y ejemplar maestro de la no renuncia, atado a la convicción de que vale la pena vivir la vida.
Para Freud y para quienes lo siguieron, la infancia era, ante todo, una escuela de pérdida. Aprender a perder era el comienzo de todo. Lo que llamamos desarrollo, es en el fondo, lo que somos capaces de hacer con esa pérdida. Es en la infancia donde aprendemos por primera vez a renunciar, donde se nos inicia en el sufrimiento muy real de la frustración y es también en la infancia donde se nos anima por primera vez a renunciar a nuestra megalomanía: esa presunción omnisciente y omnipotente de que el mundo está organizado según nuestras necesidades y deseos y reconocer, poco a poco, que las personas que necesitamos no están ni pueden estar bajo nuestro control remoto. Si aceptamos que la infancia nos forma y define de alguna manera, y que según más de un siglo de estudios, influye en casi todo, pero no determina nada del todo, entonces estamos construyendo nuestra vida adulta sobre una fuente inusualmente oscura.