El 15 de abril nos enteramos de la desaparición de Edith Guadalupe, gracias al bloqueo de familiares y amigos de Av Revolución que fue cubierto por algunos medios y que no esperaban, supongo, todo lo que estaba frente a ese enojo y desesperación de quienes veían con desdén el tráfico ocasionado.
Era lo de menos.
Edith estaba a unos metros de allí mismo, pero ya sin vida.

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Nueve días y no hay día que no le dé vueltas al caso, a las imágenes de ella subiéndose a una moto, y después ingresar al edificio con número 820 desde una cámara lateral.
Estamos rodeados de cámaras y solo hay dos que dieron la información exacta para confirmar lo que decía la mamá de Edith: “Mi hija está allí adentro”.
Una avenida sumamente transitada, y edificios de departamentos que uno observa con tiempo cuando toca el tráfico y semáforo tras semáforo avanzas poco.
¿Quién pensaría que alguien pudiera entrar a uno de ellos y no salir?
Mire la foto del fotoperiodista Rogelio Morales de la agencia Cuartoscuro, edificios con 20 departamentos o más. ¿Qué pasa allí dentro? Los gritos son insuficientes si alguien pide ayuda, el olor a muerte tampoco porque se mezcla con los olores capitalinos que nadie distingue nada.

Las fachadas cumplen su función de ser solo una portada pero no decir qué hay en realidad detrás de ella.
Edith timbró ¿en el blanco o negro? Quedó su mano al abrir la puerta de la entrada, su mirada hacia el interior para buscar el elevador y seguramente, revisar su celular para reafirmar el número de departamento, el nombre de la persona con quién se vería.
En un momento, su instinto le hizo enviar la ubicación a su familiar, y entró para nunca más salir.
Un edificio que no nos dice nada, uno que también podríamos ni mirar. Una hija al interior y su madre gritándole desde afuera.
El piso 1 y 4 son los que menos parecen habitados, no hay nada en los balcones, nada a la vista de cotidianidades.
El estacionamiento que no vemos, y donde fue arrastrada para ser olvidada en una bolsa de basura y encima arena.
¿Quién carajos hace eso?
Ella entró, linda, bien vestida, con un temor que le advirtió compartir su ubicación, pero que creyó que lo correcto era continuar y tener un mejor trabajo.
La historia de Edith como la de tantas, acongoja el cuerpo entero, el andar en las calles, el ir a cualquiera cita de trabajo o incluso personal.
¿El edificio importa? Si entro ¿saldré?
Carajo. Nadie debería ir sumando más temores para salir a la calle e ir a la vida.
Edith estaba allí y siempre estará para todos los que pasemos y miremos este edificio en Av Revolución 829.

