DE LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

¿Qué quedará después del Mundial?

Rafael Solano *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: Imagen: La Razón de México

En cada país que recibe un megaevento —como el Mundial— se cuenta una historia parecida.

La promesa de inversión, modernización, prestigio, turismo, infraestructura y una especie de salto social hacia adelante. Sin embargo, la experiencia muestra algo más sobrio: los megaeventos no transforman por sí mismos a un país. En muchas ocasiones aceleran lo que ya estaba planeado; en otras, magnifican carencias, sobrecostos y prioridades mal ordenadas. La propia OCDE, en su documento sobre indicadores de impacto para eventos culturales, deportivos y empresariales, ha insistido en que sus consecuencias deben medirse en términos económicos, sociales y ambientales, no sólo como narrativa de entusiasmo o derrama de corto plazo para un país.

Los tres mundiales más recientes son útiles para entenderlo. En Qatar 2022 hubo un legado más claramente ligado a infraestructura y servicios: el FMI estimó que el torneo aportó en el corto plazo hasta 1% del PIB, además de una mejor infraestructura general. Rusia 2018 dejó sobre todo una huella de operación, accesibilidad, organización y estándares de gestión. Por su parte, en Brasil 2014, quedó la advertencia: Reuters documentó que sólo 6 de 35 proyectos de transporte público prometidos estaban terminados cuando arrancó el torneo. Los mundiales no son buenos o malos en abstracto; en realidad terminan revelando qué tan serio es un país cuando promete que la fiesta servirá también para mejorar la vida cotidiana.

Por eso el Mundial de 2026 en México no sólo es una celebración deportiva, es un espejo, en el que no sólo aparece la emoción de recibir al mundo de una parte de la población, sino también las dudas de otra parte, sobre ciudad, economía, seguridad y gasto público. El torneo será una vitrina internacional, y a su vez una prueba doméstica sobre la capacidad para ordenar prioridades y generar soluciones.

El país sigue enfrentando preguntas de cara al Mundial, algunas relacionadas con el bolsillo. En marzo de 2026, la inflación anual se ubicó en 4.59%, con un aumento mensual de 0.86%, de acuerdo con el Inegi. Lo que estadísticamente se traduce en la conversación cotidiana sobre precios, comida, transporte y presión sobre el ingreso familiar; los precios del jitomate y la tortilla en la mesa de los hogares nacionales. A eso se suma un horizonte de crecimiento débil: el FMI ajustó la perspectiva de México a 1.6% para 2026 y el Banco Mundial la mantiene en 1.3%. Llegamos al Mundial con una economía poco dinámica y expectativas moderadas.

Esto genera tensión para este Mundial: por un lado, la promesa de dinamismo y diversión; por otro, la experiencia de una ciudadanía a la que cada vez le cuesta más la vida cotidiana. Gobiernos y partidos están desatados, por todos lados hay estadios, renders, fan fests, tomas aéreas, todos muestran “la playera bien puesta”. El ciudadano por su parte mide cuánto tarda en trasladarse, cuánto paga de renta, cuánto le subió “el súper”, si tiene agua en su colonia o si siente que el espacio público funciona para él.

Ahí está, por ejemplo, el caso de Jalisco. La conversación sobre el Mundial convive con problemas de agua y protestas sanitarias que recuerdan las urgencias locales. Lo mismo ocurre con la Ciudad de México. La expectativa de recibir visitantes pone de nuevo sobre la mesa asuntos como movilidad, mantenimiento urbano, calles, transporte público y la pregunta sobre cómo nos preparamos frente a lo que serán semanas de exposición global, incluso las autoridades han lanzado la alternativa del home office como una medida para evitar el caos.

Y luego está la seguridad. Mientras México se prepara para invitar al mundo, la realidad insiste en recordarnos que el Estado es desafiado en amplias zonas del país, además de que en la realidad mundial hay que tener el ojo puesto en nuevos fenómenos que quizá no eran parte de lo cotidiano, ejemplo de ello, el tirador de Teotihuacán. En otro espectro está la disputa persistente por el control territorial y la fragilidad de la autoridad local frente al crimen organizado. No tengo duda de que se montará una gran ceremonia de hospitalidad; otra cosa es convencer a propios ciudadanos de que viven bajo reglas efectivas.

Por eso el debate sobre el Mundial no se agota en la falsa disyuntiva entre entusiasmo o crítica. En realidad, no se trata de estar a favor o en contra. Hay que preguntarnos qué va a quedar cuando se apaguen las luces. Si el Mundial sirve para acelerar obras, mejorar movilidad, ordenar espacio público, elevar estándares de accesibilidad y fortalecer capacidades institucionales, entonces habrá sido algo que ayude al país. Pero si sólo deja imágenes, y gasto sin traducción duradera en la vida de la gente, entonces habrá confirmado que lo esencial sigue pendiente.

Las verdaderas sedes del Mundial no serán sólo los estadios. Será la vida cotidiana. Ahí se va a decidir su legado. Porque una Copa del Mundo puede ser una fiesta inolvidable - en México sabemos de eso- pero también será un examen. Y los exámenes no se califican con aplausos en la inauguración, sino con ciudades que permanecerán cuando termina la fiesta. Una buena referencia es Barcelona después de los Olímpicos. ¿En México qué quedará?

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