Escucho a Bach, hago una pausa y me dejo seducir por un solo del saxofón alto de Paquito D’Rivera en un bolero-danzón: “Cicuta tibia”; sin querer estoy bajo el fragor de los clústeres de Chucho Valdés. Hago parada en Mozart. Tengo abierto el libro El arte de la fuga (Editorial Era, 1996), de Sergio Pitol (Puebla, 1933-Xalapa, Veracruz, 2018): sumario de ensayos, crónicas, relatos, apuntes de diarios, memorias. Coordenadas y travesías por nostálgicas y gozosas reseñas de Faulkner, Thomas Mann, Antonio Tabucchi. Venecia, Trieste, Varsovia, Roma, Barcelona, Praga, Londres, Ciudad de México, Veracruz. Pasado y presente entrelazados en la bruma de la reminiscencia.
Supe de Sergio Pitol por una novela traducida por él: Las puertas de paraíso, de Jerzy Andrzejewski: fábula mística y enigmática que me marcó para toda la vida. Otros libros cruciales en mi formación, trasladados al español por Pitol: Otra vuelta de tuerca, de Henry James, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, Un drama de caza, de Antón Chejov, Madre de Reyes, de Kazimiers Brandys, Diario de un loco, de Lu Hsun… / Y los libros de su autoría: leí de un tirón Domar a la divina garza, relato de entusiasmos extremos y de equívocos en Estambul.
Lo conocí en el Puerto de Veracruz en 1995. Dicté la conferencia Alejo Carpentier y la música afrocubana en el Festival Afrocaribeño. Glosé los lazos entre la prosa barroca del autor de El siglo de las luces y el jazz afrocubano. Sergio Pitol estaba sentado en la primera fila del auditorio. Concluí la ponencia y el autor de Vals de Mefisto se acercó: “Yo no sabía del grupo que usted presentó, Irakere, y menos la obra Misa negra, que estoy de acuerdo: después de escucharla, es una traslación de la prosodia verbal de Carpentier a la música afrocubana”.
Hablaba despacio: rompía las palabras en sílabas acompasadas. Me platicaba de su viaje por el Caribe y su arribo a La Habana. Sus caminatas por Moscú, Praga, Budapest, Roma, Barcelona, Pekín y Varsovia: “La ciudad extranjera se hace de uno cuando la caminamos. Una ciudad es su olor y también su sol. El sudor de las mujeres en los mercados, las frutas exudando su jugo, los muchachos y las miradas. Viajar es trajinar por la polvareda de los sitios que descubrimos”.
En mayo de 1999, 10 años del suicidio de Sándor Márai, me llamó por teléfono para invitarme: “Tenemos que rezar juntos por Sándor Márai y leer algunos párrafos de El último encuentro, una novela que acaban de traducir al español y se la quiero regalar, aquí la tengo. Venga a verme y le cuento de este hombre que decidió quitarse la vida a los 88 años. Un acto heroico. ¿Verdad?”. Le debo a Pitol mi encuentro con el autor de La Gaviota.
Yo le contaba de Reinaldo Arenas y él me hacía cuentos de Bernhard en Viena. Le mostraba un paso de chachachá y él me hablaba de la Ópera de Pekín. Le leía pasajes en cubano de Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, y él me recitaba en ruso a Alexander Pushkin. Le describía el asma de Lezama Lima y él recordaba la lluvia en Praga. Le decía de Hemingway en La Habana y él me relataba del Kurtz de El corazón de las tinieblas. Yo recordaba a Antón Arrufat y él disertaba de la batalla de Tebas. / Conversar con Sergio era como arrumbar en la sinuosidad de una sutil cadencia de suave espesura. Volver a Sergio Pitol para entrar a premoniciones de un tiempo entrañable.
El arte de la fuga
Autor: Sergio Pitol
Género: Memorias, diario, crónica...
Editorial: Era, 1996