ANTROPOCENO

Comer es cada vez más caro

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

En tan sólo ocho años, comer se encareció 67% en México. Esa cifra debería ser tema central. Las causas objetivas del problema son la fragmentación de la globalización por el proteccionismo trumpista; la ruptura de las cadenas de suministro desde la pandemia de 2020-2021; heladas y sequías ejerciendo presión climática sobre el sistema alimentario y, por último, un nuevo ciclo de guerras que repercute en los costos de la energía y del transporte.

Pensemos en el jitomate. Trump impone aranceles en 2025 y, como reacción, se reducen en México las hectáreas cultivadas. Poco después, las heladas en Florida reducen la oferta y encarecen el producto.

El mundo que abarató los alimentos está desapareciendo. Durante tres décadas, México y gran parte del mundo se beneficiaron de un equilibrio excepcionalmente favorable: abundantes cadenas de suministro globales, climas relativamente estables, energía barata y un sistema logístico capaz de transportar alimentos entre continentes a bajo costo. Los supermercados y hasta las tienditas eran más que lugares de compra, eran verdaderos nodos de un sistema global altamente complejo y finamente ajustado.

Ese sistema ahora está bajo presión. La variabilidad climática reduce los rendimientos y aumenta la volatilidad. Las guerras elevan el costo de la energía y de los fertilizantes. La fragmentación del comercio por regiones introduce fricciones donde antes había fluidez (claro, también había contaminación por el transporte ultramarino de mercancías). La pandemia reveló la fragilidad de esa eficiencia logística. El resultado es un aumento en el costo de los productos básicos. El problema tal vez no será la inflación permanente y lineal, pero sí el fin de la abundancia predecible.

La inflación no es simplemente un fenómeno monetario. Es un síntoma de la disminución de la eficiencia sistémica. Cuando la complejidad se vuelve más difícil de sostener, los precios suben, no sólo por errores de política económica, sino por el debilitamiento de la estructura subyacente.

Avanzamos, lentamente, hacia un mundo en el que mantener la integración global es costoso, menos estable que antes y más controvertido. En un entorno así, el precio de los alimentos se convierte en un factor político central.

Y ése es el punto que no debemos perder de vista. Detrás del ruido, más allá de las acusaciones de mala fe entre políticos, hay una transformación silenciosa, pero decisiva: comer se está volviendo más caro porque el mundo que lo hacía barato está desapareciendo. Sin afán de jugar al reality show sobre supervivencia, vale la pena pensar en estrategias de adaptación. Por ejemplo: diversificar fuentes de abasto; apoyar tanto la innovación agrícola (desde semillas resistentes hasta riego eficiente) como la difusión de los súper alimentos tradicionales (desde la chía hasta ¡las vainas de mezquite!) y fortalecer la información pública para que productores y consumidores tomen decisiones con datos, no con rumores. No hay soluciones mágicas ni retornos simples al pasado: se trata de adaptarse a un entorno más incierto sin perder la capacidad de coordinación que permitió, durante décadas, que comer fuera accesible.

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