Los hábitos de lectura en México reflejan desigualdades sociales que van más allá del gusto personal. Cuando se habla de lectura, suele pensarse en una actividad estrictamente personal. Sin embargo, los hábitos lectores también están atravesados por factores sociales como el género, la clase y el contexto. Los datos del Módulo sobre Lectura (Molec) del Inegi muestran diferencias claras entre mujeres y hombres en México que invitan a una reflexión más amplia.
De acuerdo con esta medición, las mujeres leen en mayor proporción literatura y libros de autoayuda, mientras que los hombres se inclinan con mayor frecuencia hacia materiales técnicos o profesionales. Estas diferencias suelen interpretarse como simples preferencias individuales, pero hacerlo así implica ignorar los procesos sociales que influyen en lo que se considera apropiado o valioso para cada género.
Históricamente, a las mujeres se les ha vinculado con el ámbito de lo emocional y lo introspectivo. En un contexto donde muchas asumen, además, una carga desproporcionada de trabajo doméstico y de cuidados, la lectura puede convertirse en un espacio de reflexión personal y acompañamiento emocional. La literatura y la autoayuda ofrecen herramientas para procesar experiencias propias, encontrar sentido y resistir, al menos simbólicamente, la rutina cotidiana.
En contraste, la relación de los hombres con la lectura suele estar mediada por expectativas asociadas a la productividad y el desempeño laboral. Desde edades tempranas, muchos son orientados hacia áreas consideradas útiles para el mercado de trabajo, lo que refuerza el consumo de textos técnicos o especializados. En estos casos, la lectura se concibe menos como disfrute y más como instrumento para el éxito profesional.
Sin embargo, estas tendencias no son universales ni determinantes. El género interactúa con variables como el nivel educativo, la clase social, la edad y el lugar de residencia. No es lo mismo leer en un entorno urbano, con acceso a librerías y bibliotecas, que hacerlo en una comunidad con opciones limitadas. Tampoco es igual disponer de tiempo libre que leer en los márgenes que dejan las obligaciones diarias.
Así, los hábitos de lectura en México reflejan más que gustos personales: evidencian cómo las desigualdades sociales se reproducen también en el ámbito cultural. Fomentar la lectura no debería limitarse a promover “leer más”, sino a cuestionar los estereotipos que condicionan qué se lee y quién lo lee. Porque, incluso en el silencio de la lectura, el género sigue marcando diferencias. Reconocer estas dinámicas permite pensar políticas culturales y educativas más incluyentes, capaces de ampliar horizontes lectores sin reproducir jerarquías simbólicas ni limitar la experiencia de lectura a mandatos de género. Este enfoque resulta clave para entender la lectura no sólo como práctica privada, sino como un reflejo de las tensiones y posibilidades que atraviesan la vida social contemporánea, especialmente en un país marcado por profundas desigualdades culturales. La discusión permanece abierta.