TEATRO DE SOMBRAS

El fin del instante

Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Humberto Beck, profesor de El Colegio de México, recién publicó Insurrección, anarquía, revolución: una anatomía política del instante. Este libro —que se inscribe en un proyecto de largo aliento de su autor en torno al papel que juega la temporalidad en las ideas políticas— se ocupa de un periodo de la historia europea, que va de la Revolución francesa a la Revuelta espartaquista, es decir, de 1789 a 1918. Lo que Beck examina es de qué manera la idea del instante, entendido como la ruptura repentina de un flujo temporal, nos ayuda a entender los conceptos de insurrección, anarquía y revolución que se desarrollaron en aquellos años, no sólo desde un punto de vista ideológico, sino en la práctica política misma.

El libro de Beck, escrito con admirable claridad, se ocupa de las ideas del instante que se pueden discernir en la insurrección, la anarquía y la revolución, o, dicho de otra manera, en los momentos insurreccionales, anárquicos y revolucionarios que rompen no sólo con un estado de cosas previo, sino con la experiencia de la temporalidad que acompañaba ese estado de cosas. Hay que usar metáforas para explicar esa experiencia, individual y colectiva, del instante que acontece en esos movimientos políticos. Cuando el orden político, social y moral se rompe o, mejor dicho, se destroza, todo queda como flotando. Hay una especie de éxtasis que se apodera de la multitud o del partido o de la comuna. Se entra en otra dimensión temporal, en una especie de presente desconectado del pasado, pero sin una liga todavía predecible con el futuro. El instante fue una interrupción del tiempo europeo que duró días, meses o algunos años hasta que, en 1917, con el triunfo de la Revolución rusa, el instante se logró consolidar en la creación de un tiempo nuevo. En vez de una interrupción, lo que sucedió entonces —o parecía haber sucedido, como ahora lo sabemos— fue el nacimiento de un orden nuevo, de un mundo nuevo. La caída del Muro de Berlín devolvió las cosas a su lugar para la incredulidad de muchos. La Revolución soviética se degradó entonces a una interrupción del orden que duró un poco más que las demás que le habían antecedido: 69 años. Hoy en día, no podemos concebir que pueda volver a suceder algo parecido. El instante ha muerto.

La lectura del interesante libro de Beck me dejó con una extraña sensación de nostalgia. Yo nunca fui ni un revolucionario ni un anarquista ni un insurrecto; sin embargo, las ideas de la revolución, la anarquía y la insurrección me acompañaron, durante mi juventud, a veces como una amenaza, pero a veces como una promesa. El libro de Beck también me hizo recordar otros dos instantes estudiados por la filosofía mexicana del siglo anterior.

El primero es el que examinó Luis Villoro en ese libro tan importante y todavía tan poco estudiado que es La revolución de independencia. Villoro llamó instantaneísmo al periodo de la rebelión de Hidalgo que duró apenas seis meses, pero que cambió, para siempre —como bien lo señaló O´Gorman—, la historia de México. Villoro llegó al punto de detectar el momento preciso en que comienza ese instante, cuando Hidalgo toma la decisión de levantarse en armas en la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Beck no considera el instante de la revolución de Hidalgo porque su libro trata sobre la historia europea, pero es evidente que hay coincidencias muy impactantes entre el instante europeo y el mexicano.

El otro examen del instante en la filosofía mexicana del siglo anterior se halla en la Fenomenología del relajo de Jorge Portilla, salvo que, en este caso, el instante no es una ruptura momentánea del orden político, sino del orden moral. ¿Echamos menos relajo los mexicanos de hoy que los de hace medio siglo? No tengo manera de probarlo, pero creo que, aunque no ha desaparecido del todo, el sutil fenómeno del relajo —no se confunda con el desmadre— cada vez es menos visible. He descubierto en mis clases que cada vez me cuesta más trabajo explicar lo que Portilla entendía por relajo. Cuando llegue el día en que los mexicanos dejen de echar relajo, entonces sí que el instante habrá llegado a su fin.

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