Nadie habría predicho que más de 3 años después del inicio de la invasión rusa en febrero de 2022, Ucrania seguiría en pie, luchando de frente contra una potencia nuclear, ni mucho menos que habría logrado recuperar una parte significativa del territorio inicialmente ocupado por Rusia en 2022. La resistencia ucraniana ha sido tan heroica como inesperada.
Resulta difícil explicar cómo Ucrania ha logrado resistir el embate de un ejército aproximadamente 3-4 veces más grande en personal activo y a una economía alrededor de 10 veces mayor que la suya. Esta resistencia demuestra que, en la guerra, el recurso más importante no es el poder militar, sino el compromiso, apoyo y determinación de la población. Para los ucranianos, ésta es una guerra de supervivencia y no han escatimado esfuerzos. Se estima que más de setenta mil soldados ucranianos han muerto.
Una de las mayores sorpresas ha sido la economía ucraniana. Antes de la guerra, el país enfrentaba una economía marcada por corrupción estructural, influencia oligárquica y crecimiento limitado. Aun así, y pese a escándalos durante el conflicto, el Estado logró transformar en pocos meses su economía en una de guerra.

Womack en el Colmex
La resistencia ucraniana difícilmente habría sido sostenible tras el rechazo inicial de las fuerzas rusas en Kiev y en el norte del país, sin el apoyo de Occidente. Durante más de 3 años, Estados Unidos y Europa han financiado no sólo al ejército ucraniano, sino al Estado en su conjunto, con más de 200,000 millones de dólares en ayuda combinada (militar, financiera y humanitaria). Este respaldo permitió a Ucrania frenar y en algunos momentos hacer retroceder a las fuerzas rusas hacia el este y el sur. Sin embargo, la guerra ha evolucionado hacia un conflicto de desgaste, casi de trincheras, donde durante más de un año no ha habido avances decisivos.
El apoyo de Estados Unidos se ha vuelto más irregular desde el regreso de Trump, y aunque Europa ha intentado compensar, en el último periodo Ucrania ha dependido cada vez más de sus propios recursos.
Como suele ocurrir en las guerras, los ucranianos han desarrollado una industria de innovación militar, especialmente en drones. Actualmente producen cientos de miles de drones al año, sistemas que ahora buscan decenas de países para sus arsenales. Estos drones se modifican constantemente para superar las defensas enemigas y cuestan decenas de veces menos que un tanque o un misil, aunque en muchos casos logran una efectividad comparable en el campo de batalla.
Gracias a esta capacidad, Ucrania ha logrado golpear objetivos en el frente y la retaguardia, infligiendo pérdidas significativas a las fuerzas rusas y, quizás más importante aún, llevando la guerra al territorio ruso. Los ataques han afectado la infraestructura energética, especialmente refinerías y depósitos de combustible. Se estima que Rusia perdió el 10-20% de su capacidad de refinación. Detrás de esta industria hay fábricas, ingenieros y trabajadores ucranianos que hace apenas unos años no tenían experiencia en producción militar.
A pesar de la reducción relativa del apoyo estadounidense y de que la atención internacional se ha desplazado hacia Irán, Ucrania se ha transformado en una potencia militar relevante, con uno de los ejércitos más grandes y experimentados de Europa y un liderazgo claro en innovación en drones.
Los costos para Rusia continúan aumentando, la presión económica se incrementa. Los ucranianos apuestan a que el desgaste prolongado eventualmente los obligue a poner fin a esta guerra.

