¡JUEGUE!

Las calles

Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: La Razón de México

El gobierno heredó el Mundial del impresentable Enrique Peña Nieto. Como diría aquél, quien en una de ésas podría entrar en la lista de los no citables, le vino “como anillo al dedo”.

En los días en los que se tomó la decisión, muy lejos estábamos de saber cuál sería el estado de las cosas a futuro en el país. Empezando por saber quién estaría gobernando, a pesar de que había suficientes indicios de que difícilmente el PRI y lo que iba quedando de él se podría mantener en el ejercicio del poder.

No hay manera de saber cuál es el mejor momento para celebrar un evento deportivo de esta envergadura. Lo que es cierto, es que se ha cruzado la variable de la inseguridad como uno de los ejes preocupantes sobre la organización del Mundial.

A esto se suma que el país está padeciendo por problemas económicos que en muchos casos le impiden crear infraestructura vial para acceder a los estadios. Todo ya anda en los terrenos de la prisa, más allá de que haya evidencias que permiten enfrentar con experiencia los retos, los mundiales y Juegos Olímpicos, a pesar de que crearon desiguales bases deportivas, dejaron un legado de experiencia organizativa invaluable.

En medio de las complejidades, aparecen declaraciones que por un lado confunden, y por otro confirman el elitismo que ya prevalece en el próximo Mundial.

Dentro de las muchas manifestaciones que se anuncian durante el evento, hay una constante, además de la manifestación de inconformidades por condiciones de trabajo o desatención a demandas que en algunos casos vienen desde el 2007, se ha colocado en el debate que el Mundial se enfila para ser un torneo de élite en los estadios.

Como hemos venido diciendo, el evento del deporte más importante e influyente del mundo está llevando a que la tribuna termine por ser definitivamente prohibitiva para buena parte de los aficionados mexicanos y del mundo entero.

Las cosas se vuelven más discriminatorias, porque los gobernantes, particularmente en la CDMX, le andan pidiendo a la gente que no salga a la calle durante el Mundial, en una petición verdaderamente absurda y fuera de lugar.

Ahora resulta que el gobierno del “pueblo” no quiere que el “pueblo” salga a las calles porque no vaya a ser que, en nuestro país, en este caso en la CDMX, se provoque una mala imagen ante el mundo. Quizás ésta no era la intención, pero es evidente que está fuera de lugar la absurda petición para una ciudad que vienen gobernando desde 1997. A menudo se les olvida todo el tiempo que llevan en la ventanilla.

Si algo provoca entre la gente el Mundial es la manifestación pública. Va desde el estadio, en donde la tribuna es la extensión del juego, hasta las reacciones en la calle por las victorias de los equipos participantes, no sólo de los locales.

Las calles del Distrito Federal en 1970 eran una auténtica fiesta. A partir de la victoria sobre Bélgica uno a cero, con el inolvidable penalti cobrado por El Capi Peña, se echaron a andar todo tipo de manifestaciones por las calles, en donde los aficionados las hicieron suyas quizás como la expresión ciudadana más acabada desde el 68.

La tribuna y las calles son la extensión del juego. Un fenómeno similar se dio en el Mundial de 86. Los triunfos de la selección hicieron que, en buena parte del país, los aficionados se apoderaran de las calles con euforia. Y en medio de la inmediatez de las cosas, lo importante era celebrar el aquí y el ahora, a pesar de que el futuro fuera incierto.

Triunfar en la ronda de grupos es la celebración de lo inmediato, pasar a la siguiente ronda es el tiempo de la euforia y la esperanza, pero, sobre todo de la alegría, el relajo y la algarabía.

Si la selección camina, o mientras camine, que no se molesten los gobiernos por la imagen de las ciudades. En una de ésas en medio de la euforia aparecerá no sólo la alegría que provoca el futbol, sino también protestas que forman parte de nuestra cotidianidad; por ahora ya están anunciadas.

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