Es curioso escuchar a un soldado mexicano dar instrucciones en clave y en inglés, en un simulacro de operativo contra un enemigo extranjero. “Nosotros no nos referimos a ellos como enemigos, sino como adversarios”, me corrige el Mayor Morales, mientras estamos parados frente a una maqueta improvisada en el suelo, en campo traviesa, rodeados por soldados de elite, que observan en ella la que será su estrategia de ataque.
Dos semanas llevo recorriendo locaciones de entrenamiento de los integrantes de las Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano, conviviendo con su disciplina y las inclemencias de los ejercicios que ponen a prueba su resistencia física y sobre todo emocional, sin parpadear.
En todo el país suman ya 4 mil elementos. Jóvenes de entre 18 y 35 años, cubiertos de plomo, entre las armas que cargan y las municiones de las que van forrados, sin permiso de improvisar —ni claudicar—.
Rapidez y precisión son sus aliados indiscutibles, o su mayor traición, en cada reacción al estímulo de las “trampas” que les impone el entrenador y la tecnología que determina su sobrevivencia o su muerte virtual.
Aprenden a moverse como gatos, con sigilo, estrategia y firmeza, aun cargando los 30 kilos que llegan a pesar sus mochilas, que ellos portan como si fueran plumas de almohada.
En sus jornadas no hay espacio para ninguna expresión de dolor. Hasta parece que ni respiran…
Un error en el manejo de sus armas largas puede ser tan letal como su próximo operativo.
Ellos saben que el control de su miedo es asignatura vital del entrenamiento, antes de enfrentar la misión que puede no tener regreso. También para eso se entrenan.
Después de ver todo lo que vi ahí, me cuesta trabajo dimensionar el tamaño de la frustración de aquellos elementos de las fuerzas especiales —al fin seres humanos— que cumplieron con aquella misión peligrosísima en Culiacán, Sinaloa, en 2019.
El objetivo capturado: Ovidio Guzmán López. Pero luego, la orden de aquel Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, de soltar al objetivo.
Un hecho incomprensible e imperdonable hasta hoy, para una sociedad agotada de vivir en el terror en Sinaloa, y que en estos últimos días —7 años después— ha revelado una explicación casi “lógica”, y aún más reprochable…
Es realmente imponente la estrategia que emplea el Ejército mexicano para entrenar a estos efectivos de elite, para el combate de “adversarios”, que pueden llegar en otro idioma, o ser la misma fuerza de la naturaleza.
O aquéllos que hablan su mismo idioma, que tienen casi su misma capacidad táctica y armada: el crimen organizado. Ése sí que es el enemigo.
El nivel de preparación de las fuerzas especiales del Ejército es altamente efectivo y por lo mismo se vuelven un arma de doble filo, al ser tan atractivos para las estructuras criminales, que siempre están al acecho de alguna deserción.
Un general brigadier me mira con desdén ante la pregunta, la evade hasta donde puede, escudándose en el argumento de la mística militar y el honor, que pretende ser un antídoto para ese veneno.
“Yo le puedo decir que nuestros soldados están muy comprometidos con México y con el cuerpo de fuerzas especiales, y muy orgullosos de ser murciélagos.”
El murciélago es su emblema, por ser el único mamífero con capacidad de volar y, como ellos, de operar en ambientes hostiles como la oscuridad, la montaña alta o el desierto.
El cuerpo de Fuerzas Especiales del Ejército mexicano es considerado al día de hoy el más exigente de América Latina, pensado para operar en los escenarios más extremos, por lo que la tasa de deserción durante el curso es alta.
Son especialistas en el manejo de explosivos —uno de los entrenamientos más riesgosos—, rescate de rehenes y obtención de información (inteligencia y contrainteligencia).
En terrenos complicados y contra crimen organizado, el cuerpo de Fuerzas Especiales del Ejército está considerado como uno de los mejores en el mundo.
Es indiscutible que el talento de los elementos es de elite, pero la verdad incómoda es la que toca a un sistema que no siempre los acompaña al mismo nivel.
Las fuerzas especiales encarnan disciplina, preparación y una capacidad que pocos pueden cuestionar. El problema no son ellos, sino el terreno en el que les toca operar.
Un país donde la sospecha de vínculos entre poder y crimen ya no es un hecho aislado, sino una sombra persistente que contamina el entorno, distorsiona las misiones y vuelve más complejo —y más injusto— su trabajo.
¿Otra deuda del Estado?…