ANTROPOCENO

Vengo del futuro

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

A principios de 2024 vimos encabezados periodísticos alarmantes cuando se informó que el nivel del sistema Cutzamala descendió a 30 por ciento. En el elevador de mi edificio, el administrador puso un mensaje del alcalde de la Ciudad de México, Martí Batres, solicitando el uso mínimo de agua. Respuesta coyuntural.

La crisis hídrica en la capital no sólo proviene del nivel del Cutzamala, sino del hundimiento de la ciudad. La NASA acaba de confirmar que algunas zonas se hunden dos centímetros al mes, seguramente por la extracción del líquido. ¡Es una locura! Y no necesitamos que el nivel del Cutzamala se reduzca al 30 por ciento para preocuparnos. Hoy ya sabemos que en 2026 ocurrirá probablemente uno de los peores eventos del fenómeno El Niño.

La ecuación es: Disponibilidad de agua = lluvias + almacenamiento + fugas + demanda. ¿En qué aspectos de la ecuación podemos actuar ahora? Donde aún es posible cambiar el resultado. La variabilidad de las lluvias, exacerbada por El Niño, está fuera de nuestro control. Podemos rezar o danzar para que llueva, pero eso no es una política pública.

El segundo paso es dejar de escudarnos en los embalses. El sistema Cutzamala es un amortiguador, no la solución. Su porcentaje (30 u 80 por ciento) es un termómetro, no una cura. Un buen año lo llena, un mal año lo vacía, una sequía plurianual llevará al conflicto social. Tratar el almacenamiento como principal estrategia es como creer que tu cuenta de ahorros es tu ingreso. Eso no te lleva a dejar de despilfarrar.

¿Dónde podemos actuar? En dos aspectos incómodos de la ecuación, especialmente en tiempo de elecciones: pérdidas de infraestructura y demanda. Una ciudad que pierde cuatro de cada diez litros antes de llegar al grifo no tiene “escasez” ¡sufre de sus fugas! Reparar las redes es poco vistoso y políticamente ingrato. Pero cada litro ahorrado previene extracción y evita que se hunda el suelo bajo nuestros pies y se tambaleen nuestras casas. En el futuro del que vengo, la salvación no es una nueva presa, sino una gran campaña de detección y reemplazo que dura una década, calle por calle. No habrá un nuevo Cablebús para un complejo cultural, pero la gente entenderá y reconocerá.

Y hablemos de ahorrar agua. En el futuro, en los hogares seguimos bañándonos, cocinando y limpiando. Lo que cambia es el desperdicio: tu inodoro tiene un sencillo sistema para usar agua de segundo uso, con la que te lavaste las manos. Ya no usas agua pura para arrastrar caca y pipí. Consiste en instalar un lavabo de plástico sobre el depósito del WC. En 2026 ya están disponibles. Puedes comprarlo (SinkTwice cuesta mil 400 pesos) y también el Gobierno de la Ciudad podría subsidiarlo e instalarlo.

Vengo del futuro para decir esto: no hubo una solución milagrosa, ningún proyecto faraónico que salvara a nuestra ciudad, pero sí una secuencia de acciones allí donde podíamos actuar (virtudes cívicas ecológicas, reducción de pérdidas, gestión más inteligente de la demanda, aumento de la reutilización y reducción del bombeo), hasta que nuestra vida dejó de depender de la variabilidad de la lluvia y del almacenamiento. La NASA dejó de advertirnos del hundimiento y cambió el suelo bajo nuestros pies, volviéndose menos vulnerable.

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