EL ESPEJO

Rusia y Putin contra las cuerdas

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

El 9 de mayo es uno de los momentos más importantes para el régimen ruso, pues se celebra el Día de la Victoria, la conmemoriación de cuando Rusia derrotó a Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

Pero el desfile de este año fue extraño porque no hubo un solo tanque, artillería, misil intercontinental o arma nuclear paseándose por la Plaza Roja; de hecho sólo hubo unos cuantos soldados y vehículos en una ceremonia desangelada, mostrando cómo Ucrania está comenzando a darle la vuelta a esta guerra.

Durante años Vladimir Putin convirtió el Día de la Victoria en una ceremonia de Estado.

No era sólo el recuerdo de 1945, era la puesta en escena de la idea de que Rusia podía volver a ser imperio, desafiar a Occidente y caminar sobre la historia gracias a su fuerza bélica. Pero esta vez la imagen fue otra. El Kremlin no presumió fuerza, sino cautela y hasta miedo. La maquinaria que antes cruzaba Moscú hoy está ocupada en el frente, ha sido destruida o se resguardó ante el temor real de que fuera alcanzada por un ataque aéreo en pleno desfile. De hecho Rusia tuvo que pedir una tregua para proteger su ceremonia más importante. Zelenski, con ironía calculada, respondió publicando un decreto presidencial para “permitir el desfile en Moscú” y excluir la Plaza Roja de los ataques ucranianos durante ese día.

Ese gesto no significa que Ucrania haya ganado la guerra. Rusia sigue ocupando territorio, conserva enorme capacidad de fuego y puede sostener costos humanos que una democracia difícilmente toleraría (hasta el momento se estima que han perdido más de 350 mil soldados). Pero sí muestra que el escenario cambió. Moscú ya no puede vender la guerra como una operación distante y ni siquiera pueden presumir que van ganando. Desde hace meses los drones ucranianos llegan a refinerías, depósitos, fábricas militares y ciudades que antes parecían fuera de alcance. Hoy los ataques llegan con tranquilidad a más de mil kilómetros dentro del territorio ruso y Ucrania ha comenzado a recuperar más territorio del que pierde.

Ucrania llegó a este punto porque hizo de la necesidad, virtud. Al inicio dependía casi por completo de armas extranjeras. Aún las necesita, sobre todo para defender sus cielos de grandes misiles. Pero la guerra la obligó a construir una industria propia de drones, guerra electrónica y sistemas no tripulados. Donde Rusia apuesta por la cantidad, Ucrania usa precisión. Donde Moscú envía hombres, Kiev está comenzando a enviar tecnología.

Los drones ya no sólo se utilizan en el aire y en el agua, también avanzan por tierra.

Ucrania ha desplegado robots terrestres para evacuar heridos, abastecer trincheras, colocar explosivos y atacar posiciones. Incluso hace un par de meses fue la primera vez que se reconquistó un territorio completo sin poner en riesgo a ningún soldado ucraniano, pues toda la operación se realizó con drones aéreos y terrestres que avanzan sin miedo de las balas enemigas. Ucrania no puede convertir a sus ciudadanos en carne de cañón. Tiene menos población, menos margen político y menos vidas disponibles para sacrificar, pero todo eso ha convertido al país en una nueva potencia militar moderna.

Rusia llegó al Día de la Victoria debilitada y exhibida. Ucrania, el país pequeño y amenazado por un gigante que le arrebató su territorio, hoy está comenzando a darle la vuelta a la situación, al punto que hoy incluso exporta su experiencia militar y firma acuerdos con otros países para vender sus nuevas armas. Ucrania tiene su futuro por delante.

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