“Aquel que dijo, más vale tener suerte que talento, conocía la esencia de la vida”. Con esta frase contenida en Match Point, una de las mejores películas de Woody Allen, podemos hacer el intento de contraer en unas cuantas palabras las miles de emociones que explotaron en uno de los juegos más apoteósicos de las fases finales del futbol mexicano, en donde se reunieron todos los elementos necesarios, desde los dos protagonistas, Pumas y América, clubes antagónicos, hasta el clima gris, melancólico con una lluvia londinense que abrazaba a toda la Ciudad Universitaria, como el presagio de lo que viene, de un desenlace trágico, donde sólo faltaría descubrir para quién sería.
Los más de 90 minutos que nos regalaron Pumas y América quedarán en la memoria de todo aficionado, incluso los que regularmente no siguen mucho el futbol y que por acompañar a un amigo o integrarse a la cena del domingo familiar aceptaron ver el partido, fueron testigos de lo que es capaz de transmitir este deporte que suele ser ingrato con sus fieles, pero esta vez, se pasó de generoso. Es cierto que no fue un encuentro de “buen futbol”, táctico, organizado, ese que para cualquier pupila es aburrido; no, este Pumas-América fue un retrato del futbol callejero, de ida y vuelta, de muchas anotaciones, de volteretas y justo cuando el global marcaba un 6-6, como en el de tenis, el duelo anunciaba el dramático “gol gana”.
Los americanistas presionaban y los universitarios sin fondo físico buscaban alguna pelota larga para liquidar el juego y en un error de Cota al controlar mal el balón por el césped mojado, casi lo conseguían; pero faltaba la última que siempre tiene el América, la jugada que todo aficionado al futbol mexicano sabía que iba a suceder, penal o no, merecido o no, ese momento era inevitable.
La antes mencionada cinta de Woody Allen, nos muestra al inicio un primer plano de una red de una cancha de tenis, mientras la pelota viaja en cámara lenta de un lado a otro hasta que un punto, la bola se estrella con la red y se suspende encima de ésta: con un poco de suerte la pelota irá al frente y se gana el partido, o puede no hacerlo y pierdes. Puedo fácilmente imaginarme la escena del balón de Henry Martín, con la misma ópera de la película de fondo, viajando hacia la portería de Pumas, como los dedos de Keylor Navas no alcanzan a tocar la pelota y como ésta se estrella en la parte interior del poste, en ese momento, se congela el balón junto con el corazón de más de 50 mil aficionados presentes en el estadio, un centímetro más, y después de chocar con el poste la esférica puede entrar, ser gol. Odisea, hazaña, la gran remontada.
Pero el poste dijo “no”, y el balón regresó al propio Henry Martín, quien ya no pudo hacer nada. El alma de toda la hinchada puma regresó del limbo y la celebración en Ciudad Universitaria rozó en la locura. Total reconocimiento a los dos equipos que en toda la serie nos mantuvieron en vilo, las conclusiones y análisis deportivos se los dejo a los entrenadores, tanto André Jardine y Efraín Juárez sacaran las cuentas finales.
Eso sí, creo que el Club América debería pensarse dos veces si planea echar al técnico brasileño, al menos el domingo demostró nuevamente que sabe del oficio. Un poco más de suerte y esa pelota hubiera superado la red.
