Donald Trump llegó a Pekín con una guerra abierta en Medio Oriente acompañado de los grandes ejecutivos de la economía estadounidense. La visita presidencial fue una puesta en escena del poder contemporáneo.
En la delegación viajaron directivos de tecnología, industria, finanzas y plataformas globales; entre ellos Jensen Huang, de Nvidia, cuya presencia reactivó la expectativa de un posible acuerdo sobre la venta de chips H200 a China. En otra época, una guerra se llevaba a la mesa con generales. Hoy también se lleva con fabricantes de semiconductores, bancos, aviones, datos, inteligencia artificial y cadenas de suministro.
La situación en Irán está en la agenda pues, aunque Trump puede decir que no necesita a China para resolver la guerra, el viaje muestra lo contrario. China es uno de los pocos actores con interlocución real con Teherán: compra petróleo iraní, mantiene vínculos estratégicos con el régimen y dialoga con Irán sin parecer emisario de Washington. Pero Beijing no tiene incentivos para intervenir sin recibir algo a cambio. Puede empujar a Irán hacia cierta contención, sobre todo si Ormuz amenaza sus propias importaciones energéticas, pero también puede beneficiarse de una guerra que consume recursos, atención y capital político de Estados Unidos lejos del Indo-Pacífico.
Ahí aparece la Pax Silica que es la estrategia encabezada por Estados Unidos para ordenar cadenas confiables de semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, energía, manufactura avanzada y datos. El acuerdo está integrado por Estados Unidos, Australia, Filipinas, Finlandia, India, Israel, Japón, Noruega, Qatar, Corea del Sur, Singapur, Suecia, Emiratos Árabes Unidos y Reino Unido. Más que un acuerdo tecnológico es una estrategia de poder para decidir quién produce, quién accede y quién queda fuera de la próxima frontera industrial, digital y militar.
La visita a Pekín muestra los límites del acuerdo. Washington quiere organizar el mundo tecnológico entre aliados, clientes y rivales. Pero la guerra con Irán le recuerda que incluso los rivales pueden ser necesarios cuando controlan una parte de la solución. China no pertenece a la Pax Silica, pero sí controla piezas sin las cuales la estabilidad energética, Ormuz y la economía de la inteligencia artificial se vuelven más frágiles. Por eso, Trump llegó a Pekín con CEO tecnológicos: no sólo para vender chips, sino para convertirlos en lenguaje diplomático.
Los CEO son las piezas visibles de una negociación más amplia. Si Washington quiere que China presione a Irán, China querrá hablar con Estados Unidos de chips, comercio, restricciones tecnológicas, exportaciones, sanciones y acceso a mercado. La guerra de Irán llega a Pekín mezclada con Nvidia, Boeing, Tesla, Apple y la arquitectura material de la inteligencia artificial.
La paz, si aparece, no vendrá sólo de una fórmula diplomática; también pasará por el precio de la interdependencia.
Frentes, frentes, frentes...
