La SEP volvió a hacer lo que parece haberse vuelto costumbre: anunciar decisiones de alto impacto para después recular en cuestión de días, como si se tratara de un experimento sin consecuencias. Primero, la intentona de adelantar el fin del ciclo escolar; después, la marcha atrás. En medio, millones de familias, docentes y estudiantes tratando de entender si la educación en México se define por política pública o por capricho administrativo.
El episodio no es menor. En un país que arrastra rezagos históricos en aprendizaje, donde cada día de clase cuenta, la sola idea de recortar el calendario escolar no es una solución: es un síntoma. El síntoma de un gobierno que no entiende —o no quiere entender— la gravedad del problema que tiene entre manos. Aquí no sobran días de escuela; sobra improvisación.
Bajo el pretexto de “aliviar” a las familias frente a las olas de calor, se planteó reducir el tiempo en las aulas. Pero el argumento se desmorona rápido: si las condiciones son adversas, el problema no es la escuela, es el abandono en el que se encuentra. Cuatro de cada diez planteles carecen de servicios básicos adecuados. No es el clima: es la negligencia. Pretender resolverlo enviando a niñas y niños a casa es, en el mejor de los casos, una evasión; en el peor, una confesión de incapacidad.
Y como siempre, las decisiones mal pensadas no impactan a todos por igual. Cuando la escuela se cierra antes, alguien tiene que hacerse cargo. Y ese alguien, en México, casi siempre son las mujeres. Más horas de cuidado no remunerado, más presión para reorganizar jornadas laborales, más desigualdad. Porque sí: cada ocurrencia burocrática de la 4T tiene efectos concretos en la vida cotidiana, aunque desde la oficina de Mario Delgado no se alcancen a ver.
La educación no es un terreno donde se pueda “probar y corregir” sobre la marcha. Cambiar el calendario escolar no es menor: implica planeaciones docentes, evaluaciones, cierres académicos, dinámicas familiares. Anunciarlo sin una estrategia clara, sin diálogo real y después echarse para atrás ante la presión, no es flexibilidad: es falta de seriedad.
Y ahí está el fondo del asunto: la educación sigue tratándose como un tema secundario, sujeto a la coyuntura, al clima, al calendario deportivo o al ruido mediático. Hoy es el calor, mañana será cualquier otra excusa. Mientras tanto, el mensaje es claro: se puede improvisar, se puede corregir sobre la marcha, se puede jugar con el calendario sin consecuencias.
Pero sí las hay. Cada decisión errática erosiona aún más la confianza en las instituciones y se evidencia el mal gobierno de Morena, que profundiza las desigualdades que el propio sistema debería combatir. Porque cuando el Estado titubea, quienes pagan no son los funcionarios: son las niñas y los niños. Si algo debiese ser innegociable en un país que aspira a tomarse en serio, es la educación. No se gobierna con ocurrencias, ni se corrige con comunicados de último minuto. Se planifica, se invierte y se respeta. Todo lo demás —como ya quedó demostrado una vez más— es simulación.
Frentes, frentes, frentes...
