En el léxico de la ética pública, el conflicto de intereses no es una falta menor ni una mera coincidencia de apellidos en la nómina; es la confrontación entre el deber público y los intereses privados o afectivos de un funcionario.
Ocurre cuando una persona con poder de decisión tiene vínculos —ya sean familiares, económicos o políticos— que podrían nublar su imparcialidad. En una democracia sana, el servicio público exige que la mujer del César no sólo sea honesta, sino que también lo parezca. Sin embargo, en la arquitectura actual del Estado mexicano, esa apariencia se ha resquebrajado para dar paso a un ecosistema de lealtades compartidas.
El caso de la ministra Lenia Batres en la Suprema Corte de Justicia es un síntoma de una enfermedad más profunda. Cuando la encargada de interpretar la constitucionalidad de las leyes debe resolver asuntos que afectan directamente al ISSSTE, institución dirigida por su hermano Martí Batres, la justicia entra en un terreno pantanoso. El juzgador no sólo debe ser libre, debe estar libre de sospecha. Si el veredicto favorece a la entidad que dirige un familiar, el ciudadano no ve una sentencia, sino un favor familiar envuelto en toga.

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Quizás el punto más crítico de esta crisis se encuentra en las fiscalías. La pregunta que hoy flota en el aire es: ¿Cómo puede una fiscal general de la República, que fue senadora y diputada por Morena, investigar con objetividad a un gobernador de su propio partido? La respuesta técnica es que la ley le obliga a la imparcialidad; la respuesta política es que el sistema está diseñado para la protección, no para la persecución.
Cuando un fiscal tiene un pasado (o un presente) de militancia activa, su lealtad está dividida. Investigar a un compañero de lucha implica, en muchos casos, socavar el proyecto político al que pertenece. Aquí el conflicto de intereses se vuelve sistémico. La autonomía de las fiscalías se vuelve una ficción jurídica si el titular de la acción penal le debe su carrera, su escaño previo y su futuro político a la misma estructura que ahora debe auditar. El resultado es la impunidad selectiva: el rigor de la ley para los adversarios y la “presunción de inocencia” absoluta para los correligionarios.
La proliferación de estos casos en la administración pública, los juzgados y las fiscalías no es accidental; es una estrategia de captura institucional. Al colocar a perfiles con vínculos sanguíneos o políticos en puestos clave, se crea una red de protección que inmuniza al sistema contra la transparencia.
México no puede aspirar a un verdadero Estado de Derecho mientras el conflicto de intereses sea la norma y no la excepción. La confianza ciudadana se construye con muros claros entre lo público y lo privado. Si permitimos que el parentesco y la militancia sustituyan al mérito y la autonomía, terminaremos por convertir a las instituciones en extensiones del patrimonio familiar o partidista. La ética pública no es un adorno; es el único freno contra la tiranía de los amigos y la ley de los parientes.

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