GENTE COMO UNO

Manuel Buendía, el periodista que México sigue asesinando

¿Qué cambió entonces desde aquel 1984 en que Manuel Buendía cayó muerto sobre Reforma? Cambió la tecnología, la velocidad de la información, las plataformas y los formatos. Pero no el riesgo de investigar al poder ni el costo de publicar el resultado

Mónica Garza. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Mónica Garza. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: Imagen: La Razón de México

Esta columna quiero dedicarla a los jóvenes estudiantes de periodismo, que bien saben que han elegido uno de los oficios más apasionantes, pero también uno de los más riesgosos en este México particularmente convulso.

Que entiendan lo difícil —y peligroso— que siempre ha sido defender una opinión, investigar aquello que el poder quiere ocultar o exhibir verdades incómodas que a veces sólo encuentran refugio en la ironía; esa herramienta brillante que para tantos periodistas ha sido traicionera y letal.

EL PERIODISTA Manuel Buendía, en foto de archivo.
EL PERIODISTA Manuel Buendía, en foto de archivo. ı Foto: Especial

Que sepan quién fue Manuel Buendía, a cien años de su nacimiento (24 de mayo de 1926 en Zitácuaro, Michoacán).

Porque su nombre no sólo pertenece a la memoria del periodismo mexicano; también a la historia de la violencia contra la prensa y a la larga lista de advertencias que este país le ha dejado a quienes ejercen el oficio de informar.

Buendía fue un obsesionado por investigar las zonas oscuras del Estado mexicano, las redes de corrupción, las operaciones clandestinas, el narcotráfico, las agencias de inteligencia extranjeras y los pactos inconfesables que se tejían detrás del discurso oficial.

¿Verdad que nos suena familiar?

Desde su columna “Red Privada”, publicada en Excélsior y reproducida en decenas de periódicos del país, construyó una influencia enorme en tiempos en los que investigar al poder implicaba mucho más que recibir críticas en redes sociales.

Fue asesinado el 30 de mayo de 1984 en la Ciudad de México. Cuatro disparos por la espalda terminaron con su vida en la esquina de Insurgentes y Paseo de la Reforma, donde lo más brutal no fueron sólo los balazos, sino el mensaje detrás de ellos.

A Buendía lo silenciaron porque investigaba demasiado, porque sabía demasiado y porque escribía sin permiso.

Aquella ejecución marcó un antes y un después en la historia contemporánea del periodismo mexicano.

Fue una nota roja convertida en el tema obligado en todas las sobremesas, en las redacciones y en los círculos políticos de la época. Fue el inicio de la normalización de la violencia contra la prensa.

Han pasado más de cuatro décadas y, sin embargo, pareciera que México lleva cuarenta años atrapado en el mismo ciclo de intimidación, impunidad y miedo.

En los últimos 26 años han sido asesinados 176 periodistas y comunicadores en posible relación con su labor. Las cifras por sexenio demuestran que no se trata de un problema partidista ni de una coyuntura aislada.

Tan sólo en 2025, organizaciones civiles documentaron 451 agresiones contra la prensa: siete periodistas asesinados, una persona desaparecida, 53 ataques físicos y 112 amenazas directas.

Informar en México implica medir riesgos, revisar rutas, cambiar rutinas, borrar mensajes, proteger fuentes, soportar campañas de desprestigio y aprender a vivir con miedo sin reconocerlo públicamente.

Una de las grandes diferencias entre el México de Buendía y el México actual es que antes el peligro parecía venir únicamente del Estado, del crimen organizado o de los poderes políticos y económicos a los que un periodista podía incomodar.

Hoy existe además otro frente igualmente agresivo: la violencia digital.

Ése donde el ataque llega como linchamiento coordinado, doxing, amenazas sexuales, fabricación de rumores, campañas de odio y operaciones digitales diseñadas para destruir reputaciones y desacreditar el oficio periodístico.

Artículo 19 registró en 2025 al menos 65 casos de estigmatización contra periodistas, y el 60 por ciento provinieron de autoridades o actores políticos.

El informe “Las formas del asedio” (CIMAC) advierte que la violencia digital contra mujeres periodistas envía un mensaje ejemplar: “Esto es lo que te puede pasar si alzas la voz”.

El acoso judicial es otro frente. Entre enero y julio de 2025, Artículo 19 documentó 51 procesos legales contra periodistas y medios; prácticamente un caso cada cuatro días, muchos impulsados por funcionarios públicos, partidos políticos o candidaturas.

La censura se volvió más sofisticada, estratégica y difícil de identificar, porque ya no sólo se asesina físicamente al periodista, se le convierte en enemigo público. Se le desacredita desde estructuras digitales organizadas que utilizan el odio como arma política.

Siniestro. Miserable. Brutal.

¿Qué cambió entonces desde aquel 1984 en que Manuel Buendía cayó muerto sobre Reforma?

Cambió la tecnología, la velocidad de la información, las plataformas y los formatos.

Pero no el riesgo de investigar al poder ni el costo de publicar el resultado.

Por eso Manuel Buendía es más que un nombre histórico, es el recuerdo incómodo de lo que México sigue siendo, un país donde decir la verdad, muchas veces ha sido —y será— una sentencia…

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