SOBRE LA MARCHA

Soberanía nacional y elecciones 2027-2030

Carlos Urdiales. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

De todas las definiciones de soberanía que existen, la que más me convence para entender el mundo de hoy, es aquélla que va más allá del simple derecho de un país en el que ningún agente externo se meta, sino aquél que concibe ese precepto como una responsabilidad mayor del Estado para con su propia gente.

Esta idea la desarrolló Francis Deng con la fórmula de la “soberanía como responsabilidad”, y más tarde la comunidad internacional la hizo suya en la doctrina de La Responsabilidad de Proteger, aprobada en la Cumbre Mundial de la ONU en 2005.

Lo que dice es algo bastante lógico: Un Estado es de verdad soberano en la medida en que protege a sus ciudadanos y les garantiza sus derechos. Esta definición me parece que dice una verdad que las otras prefieren esconder.

La visión clásica, entiende la soberanía como el control total sobre un territorio y el que nadie de afuera se entrometa. Vista así, cualquier intervención extranjera es automáticamente una violación de la soberanía.

Pero esa forma de verlo tiene una trampa: defiende una soberanía de papel, la del mapa y la bandera, sin preguntarse si el Estado realmente está cumpliendo con lo único que justifica su existencia, que es proteger a quienes viven en él.

Pero por un lado está la soberanía formal, que es el reconocimiento en el papel de que un país es independiente. Por el otro está la soberanía efectiva, que es la capacidad real de ese país para controlar su territorio y garantizarle a su gente orden y derechos.

Para mí la que de verdad cuenta es la segunda, porque sin ella la primera es pura fachada.

Un país puede tener intacta su soberanía formal y, al mismo tiempo, haberla perdido por completo en zonas enteras de su territorio. Y cuando eso pasa, salir a defender la soberanía en abstracto, como puro rechazo a que se metan de afuera, es proteger la forma y olvidarse del fondo.

Creo que esta manera de ver las cosas encaja perfecto con el mundo actual, donde todos los países comercian, hacen alianzas y ceden pedazos de su autonomía a cambio de algún beneficio. Medir la soberanía sólo por qué tan independiente eres del exterior se queda corto; es más honesto medirla por si el Estado de verdad cumple con su tarea hacia adentro.

México es un ejemplo clarísimo de esa diferencia entre la soberanía que se presume y la que de verdad se ejerce. Si aplicamos a México la idea de soberanía como responsabilidad, hay muchos contrastes.

A veces ha defendido su autonomía con firmeza y a veces hacia adentro ni siquiera ha podido cumplir con lo más básico. Hay que ver las dos caras.

El texto pertenece a un alumno de la carrera de Gobierno en la Universidad Panamericana, y con su consentimiento, lo tomo por su pertinencia en el momento clave de campaña electoral que el país, Gobierno y oposición, inauguraron el domingo pasado.

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