En el circo de Roma se solía pedir clemencia al emperador, quien decidía la suerte última de los gladiadores. Es lo que hizo el expresidente Andrés Manuel López Obrador, salvadas todas las proporciones, al solicitar que Donald Trump detenga lo que caracteriza como una conjura de la derecha internacional contra el Gobierno de México.
López Obrador eleva “las virtudes” que tuvo el presidente de Estados Unidos cuando coincidieron en el ejercicio del poder y hace un recuento, agradecido, de todo lo que no ocurrió y ahora ocurre.
En una realidad alterna, López Obrador describe un Trump generoso, amigo de México, una descripción insólita, que se derrumba con sólo una revisión superficial de lo que ocurrió en aquellos años.

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Pocos personajes han sido tan hostiles con nuestros paisanos, quienes tienen que vivir en la incertidumbre de ser expulsados y separados de sus familias.
Si Trump no hizo más daño, fue porque se alinearon a sus exigencias, de modo particular en lo que respecta a la contención de la migración en la frontera sur de nuestro país.
López Obrador plantea que el propósito de “malos consejeros y fanáticos” que rodean al jefe de la Casa Blanca, es que la derecha gane las elecciones en México.
Es decir, estaría en manos de Trump salvar al país vecino de una conjura de alcances inciertos y, por ello, indemostrables, pero eficientes para colocar una narrativa que servirá para impugnar triunfos opositores, de cualquier tamaño y alcance, al abrigo de la disposición, ahora en la Constitución, de poder anular comicios por “injerencia extranjera”, la que carece de ley reglamentaria y puede ser interpretada por el TEPJF.
Sorprende, aunque no tanto, que no exista ni un pequeño intento de autocrítica de López Obrador, de reflexión sobre las decisiones que colocaron al país en la situación donde está. Los abrazos y no balazos, como el acicate de un desastre.
Al mismo tiempo, es una suerte de pensamiento mágico, el hacer el cálculo de que Trump puede, por sí mismo, el desarmar investigaciones sobre la criminalidad organizada que llevan años de trabajo y que ya fueron radicadas en una corte de justicia.
En Estados Unidos hay división de poderes, y las agencias de seguridad, como el FBI y la DEA, tienen márgenes técnicos para actuar con libertad.
Por supuesto que no es descartable que múltiples grupos de interés estén tratando de sacar provecho de la crisis que nos aqueja, pero ello no borra hechos y complicidades con los bandidos, algunas de ellas, las electorales, ampliamente sustentadas y con denuncias de carácter internacional.
Volvió López Obrador y mostró sus cartas, en ellas no hay referencia alguna a las instituciones mexicanas, a las investigaciones en curso, las da por descontadas y concluidas de antemano, y anhela que vuelva el Trump que lo favoreció.
Es, y no deja de ser inquietante, el reconocimiento al emperador, el que da y quita, el salvador o el verdugo. Triste asunto.

Durazo y Américo

