EL ESPEJO

La familia mundialista

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

El jueves empieza el Mundial de Futbol más grande de la historia. También empieza un show familiar de tres países que llegan sonriendo, aunque se estaban agarrando del chongo antes de que los vecinos abrieran la puerta y se asomaran.

México, Estados Unidos y Canadá compartiremos la organización de un torneo descomunal: 48 selecciones, 104 partidos, 16 ciudades sede y más de cinco millones de aficionados esperados en los estadios. La FIFA presume que miles de millones seguirán el evento en alguna pantalla. Es la vieja promesa de los eventos deportivos a escala global: durante unas semanas, el mundo se ordenará alrededor del deporte y los países anfitriones se podrán presentar como modernos, eficientes y hospitalarios.

El problema es que America del Norte llega al Mundial como una familia, pero una bastante disfuncional. México y Estados Unidos atraviesan una relación marcada por amenazas, presiones de seguridad y sospechas cruzadas. Canadá observa con su tradicional cara de vecino prudente, aunque tampoco está fuera de las tensiones comerciales y políticas que han vuelto más difícil la convivencia regional. Aun así, el jueves en México habrá ceremonia, himnos, sonrisas y discursos sobre cooperación. Aunque cada país hará su propia inauguración del Mundial, nada de andarse mezclando.

La mayor paradoja estará en Estados Unidos. La economía más grande del mundo será el anfitrión principal, pero ahí el futbol no ocupa el lugar que tiene en cualquier país donde un Mundial todavía altera horarios, conversaciones y ánimos familiares. Según una encuesta reciente de YouGov, más de la mitad de los estadounidenses dice no tener ningún interés en el torneo y casi seis de cada 10 no espera ver un sólo partido. No es que el futbol no exista, su popularidad viene creciendo entre jóvenes, hispanos e inmigrantes. Pero sigue siendo un idioma que muchos escuchan desde lejos.

Los inmigrantes en Estados Unidos son más del doble de propensos que los nacidos ahí a seguir el Mundial. También los hispanos muestran mucho más interés que la población blanca no hispana. En otras palabras, el Mundial estadounidense será empujado, en buena medida, por el país que la política migratoria suele tratar como problema. La fiesta se escenificará a la par del miedo a las redadas de ICE, a perder la VISA o a la exacerbada polarización y discriminación que marcará a muchos aficionados.

México vivirá otra película. Aquí sí habrá fiebre mundialista, aunque mezclada con tráfico, lluvias, operativos, protestas, calles cerradas, precios imposibles y la esperanza gubernamental de que todo salga suficientemente bien. La inauguración en el Estadio Azteca tendrá una carga simbólica enorme: el mismo recinto de 1970 y 1986 volverá a ser escenario de una historia que nos gusta contar como grandeza compartida, aunque afuera del estadio persistan los problemas de siempre.

Canadá quedará en medio. Será sede seria, limpia, probablemente ordenada, pero no necesariamente poseída por la pasión futbolera. Su papel parece el del pariente sensato que ayuda a que la reunión no termine en pleito.

Por eso este Mundial puede ser más interesante fuera de la cancha que dentro de ella. No porque el futbol importe poco, sino porque importa demasiado. Durante un mes, América del Norte intentará vender la imagen de una región integrada. Tal vez lo logre en la transmisión (y eso quién sabe). Pero cuando se apaguen las luces quedará la pregunta incómoda: ¿qué tan real puede ser una comunidad que sólo pretende llevarse bien ante las cámaras?

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