ACORDES INTERNACIONALES

Expediente Irán. La guerra no respeta el calendario civilizador

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

La guerra rara vez se presenta con su nombre. Suele entrar por la puerta lateral —la “autodefensa”, la “proporcionalidad”, el blanco “limitado”— y sólo después, cuando ya no hay marcha atrás, admite lo que era. Eso pasó este 9 de junio, cuando el Mando Central de Estados Unidos confirmó ataques contra Irán cerca del estrecho de Ormuz, ordenados por el comandante en jefe, en represalia por el derribo de un helicóptero Apache estadounidense.

El comunicado importa tanto como la operación. Centcom habló de autodefensa, de municiones de precisión, de objetivos estrictamente militares: defensa aérea iraní, estaciones de control terrestre, radares de vigilancia. Es el vocabulario de la contención. Pero describe una guerra directa disfrazada de acción quirúrgica, ejecutada en el punto menos quirúrgico del planeta.

Porque Ormuz no es un escenario cualquiera. Por ese cuello de botella pasa buena parte del crudo y del gas natural licuado que mantiene en pie a la economía mundial. Desde hace semanas el tráfico ahí se comporta mal: buques que navegan de noche, transpondedores apagados, rutas recortadas, aseguradoras que ya cobran tarifa de zona de guerra, corredores aéreos administrados con pinzas. Todo eso tiene nombre en la jerga: teatro degradado. Menos margen de error, más identificaciones hostiles, más presión para disparar antes de confirmar.

El Apache fue el detonador, no la causa. Ni siquiera el único frente. En el sur del Líbano, Israel bombardeó Tiro y ordenó evacuar la ciudad entera, su barrio cristiano incluido y los campos palestinos cercanos. Tiro no es una coordenada: es una ciudad antigua, densa, civil hasta los huesos, cargada de memoria política y religiosa. Cuando se pide vaciar una ciudad antes de golpearla, la evacuación deja de ser gesto humanitario y pasa a ser pieza de la maniobra.

Lo peligroso es la convergencia. Ormuz mueve a Washington. Tiro puede impactar a Hezbolá y a Teherán. El comercio marítimo mueve a los mercados. Y la firma presidencial sobre la orden estrecha el margen de los técnicos que todavía piden prudencia. Por separado, cada hilo se administra. Trenzados, son una cuerda de escalada.

Washington insiste en que castiga sin escalar. Teherán medirá si responder es el precio de seguir disuadiendo. Israel ensancha el frente libanés mientras Hezbolá calcula cuánto le cuesta no moverse. Así caen las treguas: rara vez por una gran decisión, casi siempre por la suma de respuestas que nadie quiere ser el primero en no dar.

El Mundial prometía una pausa, una coartada de normalidad. Pero la guerra no respeta el calendario civilizador. Esta semana el planeta entra al estadio mientras Medio Oriente vuelve a redibujarse con drones, radares, petróleo y represalias. El estadio espera; la guerra, como siempre, llegó primero; y esta vez, nadie parece tener prisa en detenerla.

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