A unas horas de la inauguración de la Copa Mundial de Futbol 2026, vale la pena analizar en qué forma se presenta nuestro país como anfitrión de un compromiso internacional de tal magnitud.
Lo primero —y más evidente— es que no se puede comparar este Mundial con los de 1970 y 1986, cuando México fue la sede exclusiva del campeonato. Ahora está repartido entre tres países y al nuestro sólo le tocaron 13 partidos a disputarse en tres ciudades. Lo más significativo es que el Estadio Azteca —o como sea que digan que se llama— será sede de la inauguración de un Mundial por tercera vez, algo que nunca había sucedido hasta esta edición.
Hoy en día, eventos de la importancia de los mundiales de futbol o los Juegos Olímpicos sólo pueden realizarse en un número bastante restringido de ciudades y países. Por los intereses económicos y comerciales que conllevan, y que llegan a ser tan importantes como los estrictamente deportivos —los exorbitantes precios de los boletos así lo evidencian—, en cada nueva edición se imponen exigencias cada vez mayores a las ciudades y países sede, lo que suele implicar inversiones en infraestructura y obra pública que, además de facilitar la estancia de los asistentes al evento, se quedan como beneficios de mediano o largo aliento para los habitantes de estas ciudades.

• Ebrard, datos y expectativas
Específicamente en el caso de la Ciudad de México, eso no ocurrió. Con independencia de los turistas que vendrán (algunos ya están aquí desde hace días), a estas alturas, los habitantes de la capital deberíamos estar disfrutando de transporte más eficiente y accesible, un aeropuerto en buenas condiciones (nuevo o remodelado), vialidades que favorezcan una ágil movilidad, así como un mejoramiento notable de los espacios públicos. Pero no: el Metro, principal medio de transporte público, no funciona con los estándares que debería de cumplir; las calles siguen llenas de baches, aunque desde el año pasado nos pidieron “paciencia” para arreglarlos, se siguen multiplicando gracias a las “lluvias atípicas”; el tránsito vehicular no deja de volverse cada día más desquiciante; el aeropuerto funciona de manera bastante caótica y la llegada es todo un desafío (dado que no se logró resolver la disputa entre los taxistas y Uber); y, en fin, la joya de la corona: los plantones y marchas de la CNTE, que le ha tenido muy tomada la medida a las autoridades conforme se ha acercado la inauguración del Mundial. Con razón, encuestas recientes reflejan un aumento en la insatisfacción en las condiciones de calidad de vida en la ciudad.
Mientras tanto, el gobierno capitalino puso énfasis en acciones, mas superfluas que no paran de generar descontento. Además de “inaugurar” cosas a medias o mal hechas, les dio por pintar de lila parte de las estructuras viales y peatonales, en contravención de las normas internacionales, por lo que se reculó para volver a pintarlas con los colores apropiados. Qué decir de la “ajolotización” forzada y de que se anuncie un desfile con motivos propios del Día de Muertos y se hayan plantado flores de cempasúchil en jardineras y parques públicos.
¿Por qué no se retiró, en un momento oportuno, la participación de México como sede de este Mundial? Si se llegó a cancelar un aeropuerto, ¿por qué no se hizo lo mismo con un evento, heredado del gobierno anterior, que no parece cuadrar con el “espíritu de austeridad” de los gobiernos obradoristas, en vez de atender el compromiso con desgano e improvisación?
Esperemos que, a pesar de todo, sea un torneo espectacular, con momentos memorables y en el que la Selección Mexicana nos brinde una actuación digna.

De aliados a no saber qué hacer con ellos

