Venezuela lleva años esperando un cambio que no llega. Lleva décadas sumida en una dictadura que tiene más vidas que un gato callejero. El cambio no llega y la esperanza se apaga como se apagan las luces a media tarde en los barrios populares, ahorrando para sobrevivir un día más sin tener claro ya qué es lo que esperan con el nuevo amanecer.
El cambio esperado ha tenido múltiples rostros; cuando lo que se anhela es libertad, la personificación de la misma pasa a segundo plano. Capriles, Machado, González, nombres que han ilusionado a una nación no tanto con su proyecto político en unas elecciones sino con su toma de estafeta en la cabeza de una oposición que se ha mantenido firme, aunque no siempre unida, frente al régimen chavista.
La irrupción del gobierno estadounidense para destronar a Nicolás Maduro levantó las expectativas al máximo. Sin embargo, los acontecimientos internacionales se sucedieron de tal forma que poco a poco el tema Venezuela fue quedando relegado en la atención del gobierno y el pueblo estadounidense. Ahora sólo se menciona esporádicamente cuando algún detractor menciona el “secuestro” de la administración norteamericana a un mandatario extranjero, dejando los crímenes del chavismo como una nota marginal en el caso.
El vacío de poder nunca fue tal dentro de la estructura chavista. Inmediatamente Delcy Rodríguez, mano derecha de Maduro, tomó su lugar y sus allegados, entre ellos el infame Diosdado Cabello, cerraron filas e iniciaron maniobras de supervivencia tras bambalinas con el gobierno estadounidense. ¿Requieren apertura? La tienen, con especial trato a las empresas estadounidenses. ¿Requieren asegurar sus reservas de crudo para los siguientes años? Claro que sí, pase usted por aquí. ¿Se habló de libertades? ¿Se habló de democracia? No se sabe, pero lo dudo. La democracia y la libertad son elementos demasiado impredecibles.
González, el presidente electo, desapareció. Machado, la líder actual de la oposición, se ha parado de pestañas para atraer hacia sí el favor estadounidense. Visita con frecuencia a los altos mandos norteamericanos, regala galardones y promete sin parar. Regresará y, junto con ella, llegará el cambio, anuncia una y otra vez, pero no lo hace porque no cuenta con las garantías del norte del continente.
Venezuela tendrá que esperar para que llegue el cambio. Las elecciones son su mejor apuesta. Sin embargo, serán cuando convenga a la política interna estadounidense y no al pueblo. La oposición ahora mira con otros ojos al régimen y parece que una negociación interna será ahora mucho más factible. No será el cambio radical, pero llegará poco a poco, a cuentagotas, y tendrá que esperar a que del exterior den el aval a un costo difícil de proyectar.
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