Desde el 11 de junio, México volvió a ser el centro del fútbol mundial. Por tercera vez, después de 1970 y 1986, el apenas renombrado Estadio Ciudad de México abrió sus puertas a la Copa del Mundo, un privilegio que ningún otro estadio en el mundo comparte. Pero esa misma visibilidad que hoy nos enorgullece es, a su vez, la herramienta más poderosa de aquellos que no quieren sentarse a ver un partido, y más bien quieren levantarse para ser vistos. Ante un país que arrastra más de 130 mil desapariciones, las madres buscadoras aprovecharon el evento deportivo para girar los reflectores hacia el otro México: “La pelota vuelve a casa… y nuestros desaparecidos, ¿cuándo?”, dejaron escrito sobre los alrededores del estadio en las jornadas previas a la inauguración.
Conviene situar al movimiento en su contexto, ya que no fueron las únicas que decidieron levantarse aprovechando el evento deportivo. Mientras la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) convirtió el Mundial, y específicamente la inauguración, en una palanca de presión —con su “si no hay solución, no rueda el balón”, exigiendo la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007 y un aumento salarial para los maestros en un pulso amenazante de meses que terminó sin acuerdo—, las madres buscadoras eligieron otra gramática. No amenazaron con sabotear; más bien ocuparon un espacio que les permitiera ser escuchadas. Desde mayo, jornada tras jornada, han ido tomando el perímetro del Coloso de Santa Úrsula. Pegaron cientos de fichas de búsqueda sobre muros; intervinieron el logotipo de la Selección reemplazando el águila por una pala; jugaron cascaritas anti mundialistas; instalaron altares con cempasúchil y fotografías; sacaron al “Ajolote buscador” a la calle; pegaron las caras de sus desaparecidos en el formato de las estampas del álbum. La escalada llegó a su punto más alto la noche del 10 de junio, cuando bloquearon la Calzada de Tlalpan hasta la medianoche y anunciaron que volverían en la madrugada. Detrás de cada una de estas acciones late el mismo mensaje: aquí faltan más de 130 mil personas, y no se puede estar de fiesta con la conciencia tranquila.
Además, durante las protestas, las madres buscadoras recalcaron las fallas del Estado en todo esto, porque ahí reside el contraste que el Mundial vuelve insoportablemente nítido. El mismo Estado que en tiempo récord renovó el estadio, modernizó el metro, pintó la ciudad entera y remodeló el aeropuerto no ha logrado responder a más de 130 mil ausencias que la ONU ya advirtió podrían equivaler a un crimen de lesa humanidad. La eficiencia para lo visible y la parálisis para lo urgente conviven en la misma ciudad, en el mismo perímetro, el mismo día. Las madres buscadoras señalaron que desde que empezó el Mundial sus casos pasaron a la periferia de las prioridades gubernamentales, y que muchas búsquedas han quedado pausadas. También, denunciaron que la mañana de la inauguración sus pancartas, las fotos de sus desaparecidos y su arte urbano amanecieron arrancados de las calles. El mismo Estado que tapizó la ciudad de publicidad mundialista despejó la que incomodaba.
Cuando se apaguen los reflectores del estadio, las madres seguirán buscando a oscuras. Esa luz, la que hoy las alcanza de prestado, no debería apagarse con el último silbatazo.

Nueva narrativa ante la CNTE

