El presidente Donald Trump se ha posicionado personalmente a favor del candidato de la nueva derecha en Colombia, Abelardo de la Espriella. En Estados Unidos, sin embargo, Trump y los trumpistas no han respaldado a la candidata peruana Keiko Fujimori con la misma claridad con que se pronuncian a favor del líder de la alianza conservadora Defensores de la Patria.
Habría algunas explicaciones para ese comportamiento simultáneo y disparejo. Una de ellas es la mayor cercanía histórica entre Colombia y Estados Unidos desde la Guerra Fría, por lo menos. Otra es que la política exterior y específicamente comercial e inversionista del Perú está profundamente interconectada con China y el Sudeste asiático y, ni siquiera Fujimori, ha propuesto cambiarla.
Pero otra razón poderosísima para explicar la cercanía entre el trumpismo y la candidatura de De la Espriella, tiene que ver con el papel de Colombia en el Gran Caribe. La derecha colombiana es un actor político decisivo en las Antillas, Panamá y Centroamérica y supone, para Washington, el principal aliado regional en su histórica oposición al bloque bolivariano y Petrocaribe.
Con la neutralización de la Venezuela chavista y el control energético sobre Caracas y La Habana, Estados Unidos ha logrado desarticular al bloque bolivariano. Eso es un hecho, aunque los regímenes de Cuba y Nicaragua permanezcan incólumes. La alianza bolivariana ha dejado de existir como una entente de varios gobiernos: sólo continúa como red de identificación ideológica y política en bases de la izquierda latinoamericana organizada.
En caso de que Abelardo de la Espriella gane la presidencia de Colombia veremos una entronización geopolítica de la hegemonía hemisférica de Estados Unidos, como no se veía entre los años 50 y 70, cuando las décadas más duras de la Guerra Fría. La agenda del líder colombiano es una mezcla emblemática del trumpismo latinoamericano: una pizca del libertarianismo de Milei, otra de la seguritización de Bukele y otra más del nuevo anticomunismo estilo Kast.
Esa coctelería da forma a la gran ola reaccionaria continental que hace avanzar a las derechas en casi toda América Latina y el Caribe. Los elementos autoritarios de esa oleada son muy distintos a los de la bolivariana que la antecedió, pero no dejan de ser igualmente autoritarios: represión en las calles, censuras en medios de comunicación y redes sociales, desfinanciación de universidades, instituciones culturales y foros intelectuales y académicos.
Donde quiera que llegaran al poder, las izquierdas bolivarianas intentaron monopolizar el campo político y marginalizar a sus opositores. Aunque no lo lograron en todos los países, sus métodos fueron parecidos: concentración del poder, deslegitimación de críticos, rearme nacionalista. Ahora el vuelco político e ideológico es evidente, pero el autoritarismo no deja de avanzar por vías que también merecen cuestionamiento público.
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