En la sabiduría popular, vale más un mal acuerdo que un buen pleito. A pesar de que se presume como un artista de la negociación, Donald Trump ha tenido que hacer concesiones ante Irán porque subestimó la resiliencia del régimen autoritario iraní.
Tras casi cuatro meses de guerra, Washington y Teherán firmaron un memorándum de entendimiento de 14 puntos. No es la paz definitiva. Es una tregua de 60 días para tratar de negociar el punto fino de cada acuerdo, mientras se promete que se detendrán formalmente las operaciones militares, incluso en Líbano. El problema es que las partes dejaron para después casi todo aquello por lo que dijeron haber ido a la guerra y el acuerdo está agarrado de alfileres.
Estados Unidos obtuvo la reapertura temporal del estrecho de Ormuz y la promesa iraní de no fabricar armas nucleares. Pero esa promesa ya existía desde hace décadas. El documento no obliga a sacar de Irán su uranio enriquecido, sino que contempla diluirlo dentro del país, bajo supervisión internacional. Tampoco fija límites a sus misiles balísticos ni menciona el financiamiento de diversos grupos paramilitares en otros países. Esto no es un detalle menor si recordamos que destruir el programa nuclear iraní y afectar gravemente su fuerza bélica regional eran parte de los objetivos centrales de Washington e Israel.

• El daño está hecho
En cambio, Irán recibirá una bocanada de aire fresco. Estados Unidos levantará las restricciones a sus exportaciones petroleras, abrirá el camino para liberar activos congelados y se compromete a negociar el fin de las sanciones. Además, promete facilitar un fondo por al menos 300 mil millones de dólares para reconstrucción y desarrollo, aunque nadie sabe todavía quién pondrá el dinero.
También cambia el tablero del estrecho de Ormuz. Irán aceptó permitir el paso “sin cobro” durante 60 días, pero después podrá discutir con Omán la “administración” y los “servicios marítimos” del estrecho. Antes de la guerra no existían esas cuotas y era imposible imaginar que Irán pudiera cobrarlas. Ahora Teherán ha descubierto que puede convertir el paso de una quinta parte del petróleo mundial en una palanca de negociación y fuente de ingresos.
Trump calculó que decapitar al régimen, golpear su infraestructura y exhibir su superioridad militar bastaría para derrumbarlo. Fue un error de cálculo. La República Islámica no es un castillo sostenido por una sola torre. Es una autocracia que durante décadas subordinó tribunales, parlamento, burocracia, fuerzas armadas y economía a un núcleo político-militar. Resistió protestas masivas sin una ruptura decisiva de sus aparatos coercitivos. Pretender que desaparecería por ataques a su cúpula era confundir el daño con el colapso. Putin aprendió algo parecido al invadir Ucrania: una guerra pensada para ser breve puede revelar los límites del poder que la inició. Washington materializó la amenaza militar contra Irán y no logró los fines que anunció. Ahora debe negociar con un adversario herido, pero vivo y con más cartas sobre la mesa.
Hoy el memorándum ya hace agua. Israel no lo firmó, mantiene tropas en el sur de Líbano y los choques con Hezbolá han tensado las conversaciones. Irán ha amenazado otra vez con cerrar Ormuz; Estados Unidos responde con nuevas amenazas. Así será difícil convertir 60 días en un acuerdo verificable. Tal vez Trump presuma esto como un triunfo de negociación. Pero después de buscar un buen pleito con Irán, parece que va a tener que quedarse con un mal acuerdo.

Al rato regresan

