El pasado domingo se celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia, en las que se impuso por un estrecho margen Abelardo de la Espriella.
Y hace apenas tres semanas, el 7 de junio, en Perú, donde —aunque con cruces en las tendencias de los resultados— Keiko Fujimori lleva la delantera. Ambos son claros ejemplos de que los balotajes no son vacunas infalibles para evitar conflictos post electorales.
La similitud más relevante entre ambos casos es que la diferencia en los resultados de la segunda vuelta fue menor al uno por ciento de los votos. Muy importante enfatizar que, en ambos países, el cómputo definitivo está en desarrollo, aunque todo parece indicar que deberán confirmarse los triunfos de Fujimori y De la Espriella.
Se suele decir que las principales bondades del balotaje son, supuestamente, producir una mayoría absoluta —artificial, por no haber sido obtenida en la primera vuelta— y con ello generar condiciones para una “mayor legitimidad” de la candidatura ganadora, así como desincentivar que la perdedora impugne el resultado. Claramente, tanto Perú como Colombia quedan muy lejos de ese paraíso.
En lugar de ello, encontramos en ambos casos sociedades muy polarizadas, partidas prácticamente por mitades. Ante resultados preliminares tan ajustados, están todos los incentivos puestos para que los perdedores impugnen las elecciones ante los tribunales, tratando de achacar culpas a las autoridades electorales y, posiblemente, alegando fraude electoral, lo que ahondará la polarización. Finalmente, dado que los resultados congresionales emanaron de la primera vuelta, los próximos presidentes enfrentarán —al menos al inicio de sus respectivas legislaturas— gobiernos divididos, con el partido o los partidos que los postularon en minoría.
Dicho lo anterior, las diferencias en ambos casos son importantes. De entrada, es la cuarta vez que Keiko Fujimori participa en una segunda vuelta electoral y la elección anterior fue tan cerrada y litigiosa como la actual. Se reedita la pesadilla para las autoridades electorales. Por el contrario, Colombia se enfrenta por primera vez, desde que hace 35 años incorporó la figura del balotaje en su Constitución, a un resultado electoral tan cerrado; además, la solidez de las autoridades electorales administrativas colombianas (el preconteo arrojó resultados en un tiempo récord desde la jornada electoral) les ha permitido atravesar la tormenta con mayor solidez, y el escrutinio oficial va avanzando a buen ritmo y confirmando la tendencia del resultado preliminar. Por otra parte, Fujimori es una experimentada política que ha construido un liderazgo propio
—además del heredado de su polémico padre—, mientras que, para De la Espriella, es su debut electoral.
Ahora bien, veamos las implicaciones políticas de los resultados, que, de confirmarse, sumarán dos países más a la ola de gobiernos de derecha (desafortunadamente, en la mayoría de los casos, no una derecha liberal, sino en vertientes populista y/o radical) que sigue ganando terrero en América del Sur. De la Espriella supo aprovechar los graves errores, excesos y desatinos de Gustavo Petro para hacerse del triunfo, prometiendo que, a partir de su llegada a la Casa de Nariño, el próximo 7 de agosto, comenzará a revertir el legado regresivo de Petro. En ese escenario, sólo Uruguay y Brasil (donde habrá elecciones en octubre) quedarían como reductos de la izquierda.
Finalmente, y por obvio que parezca, lo que hace falta en nuestras democracias son verdaderos demócratas, que, cuando los resultados de las elecciones no les favorezcan, por más ajustados que sean, los reconozcan.



