Se araña la gloria como se puede. En 2014, estando en Bogotá, seguí la transmisión televisiva de la final mundialista con una dosis de irrealidad. Pero no fue el áspero partido entre Alemania y Argentina que culminaría con el triunfo teutón por un solo gol, sino el júbilo que estalló en Colombia cuando sonó el silbatazo final.
Sí, los colombianos eran campeones y así lo gritaban los narradores del encuentro: James Rodríguez se consagraba como el mayor goleador de ese torneo, con ocho tiros acertados en la portería contraria.
¡Viva Colombia!, era la expresión de saber que la felicidad también se obtiene a mordiscos, que no siempre responde a la totalidad de los números, sino al ángulo desde que se observa.
Ahora que México logró tres victorias en la fase de grupos, algo que nunca había ocurrido, llegó el momento de rebelarse ante las predicciones que provienen de métricas, de desempeño a lo largo de la historia, y de mediciones específicas sobre los equipos.
Es arriesgado, lo sé, porque las profecías futbolísticas suelen carecer de precisión, porque juega el azar, porque la idea misma consiste, precisamente, en cometer el mínimo número de errores, para que el contrario no lo aproveche. Segundos, a veces, hacen la diferencia entre un gol o el precipicio.
En 1978 aprendimos que el mal manejo de las expectativas conduce al desastre. Último lugar en el Mundial de Argentina, ni un solo partido ganado, pero todavía recordamos aquella potente alineación nacional, en la que destacaban Víctor Rangel, Arturo Vázquez Ayala, Alfredo Tena, José Pilar Reyes, Guillermo Mandizábal, Leonardo Cuéllar y Hugo Sánchez. Años difíciles para la Selección Nacional vendrían después.
Cosas de la vida. Vicente Leñero, entonces subdirector de Proceso, conversó con el entrenador nacional, José Antonio Roca, antes del viaje a Buenos Aires, y le sacó una predicción que sería un búmeran: “México gana a Túnez, empata con Alemania y le gana a Polonia”.
Pero esta vez todo es distinto y no sólo por la evidencia de los últimos días.
¿Y si sí? La gran pregunta que se hacen y nos hacemos en estos momentos.
Hay un viento favorable, nos respalda el pasado inmediato, la idea de seguir avanzando tiene alta factibilidad por lo que se ha logrado.
Dice Javier Aguirre, un entrenador con mucha experiencia, que conoce los vaivenes del ánimo, que esta generación de futbolistas “ya no está acomplejada”.
En efecto, ya no cargan el pesado costal de las derrotas nacionales, sino su propio bagaje, ése que se construye palmo a palmo.
¿Podemos? Claro que sí, porque en el fondo ya ganamos, con pragmatismo, si se quiere, pero con la contundencia que hace la diferencia en el futbol.
Los gruñones dirán que será como siempre, que toparemos con el muro contundente de otros equipos, pero se equivocan en algo fundamental: ya no fue como antes y, por ello, se vale soñar y con fuerza. En efecto: ¿Y si sí?
La oposición les sigue ayudando
