LA UTORA

Gerundiar, esa voracidad

Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

“Sí, mire, hoy le vengo manejando una oferta...”. La frase te resulta familiar cuando vives en México. Te has topado con ella en el Metro o la calle y la descifras como una manera ampulosa de expresar: “Le ofrezco una ganga”. También recuerdas oír en un contexto informal: “Me estoy haciendo del baño” o “Ángel llegó barriéndose”.

¿Qué imagina un extranjero al oír eso, que me estoy convirtiendo en un mingitorio con tenis? ¿O que Ángel portaba una escoba enorme cuando apareció? El primer caso podría simplificarse en “me estoy orinando”, pero pierde gracia. Lo segundo describe cómo llegó el sujeto: casimente tarde, igual que un jugador de beisbol “se lanza al suelo a la carrera y con gran impulso, con los pies por delante, calculando alcanzar un determinado propósito mientras resbala sobre el terreno de juego”, señala el Diccionario de mexicanismos. Propios y compartidos, de la Academia Mexicana de la Lengua.

La terminación en -ando o -iendo caracteriza al gerundio, que alude a acciones en curso, no terminadas: “Estoy partiendo limones”. Además se trata de una de las formas no personales del verbo, en otras palabras, no se conjuga. Si el sujeto es un individuo o la humanidad entera, se dirá lo mismo: “Para aprender a nadar debes hacerlo nadando”. Su empleo abarca varios registros de la lengua, desde el más coloquial (el primero de esta columna) hasta un capítulo del Chapulín Colorado, en el cual el héroe salva a una joven, cuyo tío quiere que ella se case con un pretendiente tetazo y millonario, de nombre Gerundio. El Chapulín, con cuya astucia una nunca cuenta, desactiva la trama con la Chicharra Paralizadora. Así, la mala prensa que recibe esta chulada verbal. Y, claro, también está el uso literario: por citar dos, el excepcional poema “Esperando a los bárbaros”, de Constantino Cavafis, y Esperando a Godot, obra teatral de Samuel Beckett.

Hasta ahí, todo bien, aunque en México no basta. Somos voraces. Por eso creamos el gerundio diminutivizado. Asentar “voy llegandito”, como sinónimo de “acabo de llegar”, pretende añadirle tinte afectivo al retraso de hora y media. Si te piden entrar callandito al cuarto para no despertar al bebé, la orden toma un matiz de cariño. Añado este otro ejemplo. Acaba de aportármelo una mujer que hablaba por celular. Seguro le preguntaron “¿cómo estás?”, pero yo sólo oí este pasmo: “Pues aquí, ya sabes, trabajandito”.

Debemos un enunciado reivindicativo al español José Ortega y Gasset: “La vida es un gerundio y no un participio; un faciendum y no un factum”. Aparece en Historia como sistema, de 1935. Resume en español y en voces latinas el concepto filosófico que mi terapeuta explica aterrizadamente: “Las personas no somos. Más bien vamos siendo”, es decir, construimos nuestro carácter en el proceso de vivir, igual que el sol no alumbra de golpe, sino más bien en sucesión paulatina. Por eso me gusta Rayandito el sol.


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