Cada cuatro años, el futbol convierte a millones de desconocidos en un colectivo apasionado. Un gol es suficiente para que personas que jamás se han visto se abracen en la calle, lloren, canten el himno, como si compartieran una misma historia, pero la emoción que produce la celebración también puede transformarse en violencia. En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Sigmund Freud sostiene que, dentro de una masa, el individuo no desaparece, pero sí modifica su manera de sentir y actuar.
El individuo, al entrar en la masa, queda sometido a condiciones que le permiten echar por tierra las represiones de sus mociones pulsionales inconscientes. Esto significa que el control interno que normalmente regula los impulsos, se flexibiliza cuando sentimos que formamos parte de algo más grande. Se canta más fuerte, se baila sin vergüenza, se abrazan desconocidos y aparecen formas de la alegría que en otro contexto resultarían imposibles. La multitud otorga una especie de permiso y durante unas horas, las reglas sociales parecen suspenderse. El “yo” deja de ocupar el centro y es reemplazado por una identidad compartida. Freud pensaba que ese fenómeno no depende únicamente del contagio emocional, sino de la identificación. Cada integrante de la multitud se reconoce en los demás porque todos depositan su afecto en un mismo objeto: la Selección Nacional. El equipo funciona como un ideal común que diluye momentáneamente diferencias sociales, económicas o políticas. Pero la desinhibición no libera alegría en estado puro y también reduce los frenos que contienen la agresividad. La misma energía que impulsa a cantar puede convertirse en insulto contra el rival, en destrucción de mobiliario urbano o en enfrentamientos. Freud recordaba que las pulsiones de amor y de odio nunca están completamente separadas. En El malestar en la cultura escribe: “El prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión.”
El escritor Elias Canetti observó algo semejante en su ensayo Masa y poder (1960). Para él, la multitud experimenta una sensación excepcional de igualdad, las diferencias individuales parecen desaparecer y el miedo se reduce porque todos avanzan juntos. Esa vivencia puede ser liberadora, pero también facilita que las emociones circulen con enorme rapidez, amplificando tanto la euforia como el enojo. Las investigaciones sobre violencia en las barras de futbol retoman de algún modo estas ideas de Freud para explicar que procesos como la identificación, el contagio emocional y la disminución de la responsabilidad individual favorecen conductas que muchos aficionados jamás tendrían estando solos.

• Consideración en Michoacán
El futbol no revela una versión oculta de quienes somos. En realidad, más bien intensifica posibilidades que siempre existen en la vida psíquica. La multitud puede sacar lo mejor de nosotros, la solidaridad, el entusiasmo, el sentimiento de pertenencia, o disminuir las barreras que contienen la agresividad. En el abrazo colectivo y en el vandalismo hay una misma experiencia humana de desinhibición y su desenlace depende tanto de nuestras identificaciones como de los límites que una cultura logre conservar incluso en medio de la fiesta.
Ninguna victoria del futbol tendría que terminar en tragedia. No se le puede pedir a la masa que sea responsable porque no lo será. Sólo los diques que el Estado establezca y haga cumplir con rigor pueden contener una catástrofe.

Las campañas y el narco

