BRÚJULA ECONÓMICA

El nuevo rostro del T-MEC

Arturo Vieyra*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.  Foto: larazondemexico

La decisión del Gobierno de Donald Trump de no renovar automáticamente el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) por un nuevo periodo de 16 años marca un cambio de fondo en la relación económica de Norteamérica. Aunque el T-MEC permanecerá vigente hasta 2036, las revisiones anuales previstas para la próxima década modifican la naturaleza del tratado: deja de ser un instrumento de estabilidad de largo plazo para convertirse en un mecanismo sujeto a negociación permanente.

Desde el punto de vista formal, el T-MEC continúa ofreciendo un marco jurídico para el comercio regional. Sin embargo, la negativa de Washington a extenderlo bajo las condiciones actuales revela un cambio de paradigma. La prioridad de Estados Unidos ya no es profundizar el libre comercio, sino utilizar el acuerdo como una herramienta de política industrial, seguridad económica y competencia geopolítica frente a China. En otras palabras, el tratado evoluciona de un esquema orientado a la eficiencia económica hacia otro donde predominan las consideraciones estratégicas.

Esta nueva visión explica los principales temas de la negociación. Estados Unidos busca modificar las reglas de origen del sector automotriz para incrementar el contenido fabricado en su territorio, fortalecer los mecanismos que impidan la triangulación de productos asiáticos a través de México y mantener instrumentos de presión, como los aranceles impuestos bajo la Sección 232 al acero, aluminio y algunos vehículos. El objetivo es reforzar la capacidad manufacturera estadounidense y reducir su dependencia de proveedores considerados estratégicamente sensibles.

Para México, estas propuestas representan un reto considerable. La fortaleza de la región ha descansado durante tres décadas en la integración de sus cadenas de valor y no en la sustitución de unos socios por otros. Alterar ese equilibrio podría disminuir la competitividad de Norteamérica frente a Asia, precisamente cuando el proceso de relocalización de empresas (nearshoring) ofrecía una oportunidad histórica para atraer nuevas inversiones.

El mayor costo de este nuevo escenario no proviene de una eventual desaparición del tratado, sino de la incertidumbre que generan las revisiones anuales. La inversión productiva requiere reglas estables y horizontes previsibles. Cuando las condiciones comerciales pueden redefinirse cada año, las empresas tienden a retrasar proyectos, escalonar inversiones o buscar alternativas en otros mercados.

No obstante, conviene evitar visiones catastrofistas. La integración económica entre México y Estados Unidos es demasiado profunda para revertirse fácilmente. Cerca de 40 centavos de cada dólar que México exporta incorporan contenido estadounidense, mientras que México se ha consolidado como el principal socio comercial de Estados Unidos. Esa interdependencia hace que cualquier ruptura resulte costosa para ambas economías.

El verdadero desafío para México consiste en fortalecer su competitividad interna. Diversificar mercados, desarrollar proveedores nacionales y mejorar la infraestructura, el suministro energético y la certeza jurídica serán tan importante como defender las condiciones del tratado. En un entorno donde el comercio internacional estará cada vez más determinado por la geopolítica, la ventaja no la tendrán únicamente los países con acceso preferencial a los mercados, sino aquellos capaces de ofrecer mayor productividad y resiliencia.

La revisión del T-MEC confirma que la globalización ha entrado en una nueva etapa. El libre comercio ya no constituye el único principio rector de la política económica; ahora comparte espacio con la seguridad nacional, la política industrial y la competencia tecnológica. Para México, comprender esta transformación será tan importante como la propia negociación del tratado.

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