Sigo la cuenta oficial de la Secretaría de Salud en la red social X (@SSalud_mx) y acabo de ver un comercial que me ha dejado atónita. Y debo confesar que de verdad, a mí ya casi nada me sorprende.
Pensé que era una fake news, pero revisé y, efectivamente, el anuncio aparece en la cuenta oficial de la Secretaría de Salud. Es decir, desde la institución responsable de proteger la salud de los mexicanos se difunde un mensaje que romantiza el parto fuera del hospital.
El anuncio muestra una casa y a varias mujeres ayudando a una joven a dar a luz sin un monitor fetal, sin equipo médico y sin la infraestructura mínima para enfrentar una emergencia.
POLÉMICA
La narración dice: “¿Sabías que antes el parto natural era lo más normal del mundo? ¡Luego qué cosas! Se volvió un lujo carísimo que sólo pocas podían pagar. Pero hoy el parto respetado, gratuito y acompañado es un derecho de todo el pueblo. Si tú y tu bebé están sanos, el cuerpo sabe el camino. Nacer es un milagro, no una enfermedad”.
La pregunta es inevitable: ¿sabrán en la Secretaría de Salud que, durante siglos, dar a luz fue una de las principales causas de muerte entre las mujeres?
Antes de que existieran hospitales, antibióticos, transfusiones de sangre, cesáreas seguras, anestesia, monitoreo fetal y atención obstétrica especializada, el parto dependía casi por completo de la resistencia del cuerpo y de la experiencia de las parteras. Si ocurría una hemorragia, una infección, un parto obstruido o una complicación como la preeclampsia, prácticamente no había forma de salvar a la madre.
Se estima que, antes de la medicina moderna, morían entre mil y mil 700 mujeres por cada 100 mil nacimientos, una cifra que hoy resulta difícil de imaginar.
El panorama para los recién nacidos tampoco era alentador. Muchos fallecían por falta de oxígeno, porque el cordón umbilical comprometía la circulación, por infecciones o por complicaciones derivadas de un parto prolongado. Se calcula que entre 15 y 30 por ciento de los niños moría antes de cumplir un año.
Los hospitales y la obstetricia moderna cambiaron esa historia. Hoy un monitor fetal permite detectar si un bebé está sufriendo; una hemorragia puede controlarse con medicamentos y transfusiones; una cesárea de urgencia puede salvar dos vidas y los antibióticos evitan infecciones que durante siglos fueron mortales.
Por eso resulta sorprendente que el propio Gobierno presente el pasado como si hubiera sido mejor.
Luego el anuncio afirma que el parto natural “se volvió un lujo carísimo que sólo pocas podían pagar”. Eso tampoco es cierto. El parto natural sigue siendo menos costoso que una cesárea. Lo deseable, por supuesto, es evitar una cesárea cuando no existe una indicación médica. Pero un parto natural no significa un parto sin vigilancia médica. Significa un parto con el menor número posible de intervenciones innecesarias, pero con acceso inmediato a todos los recursos que puedan requerirse si algo sale mal.
El mensaje continúa diciendo: “Si tú y tu bebé están sanos, el cuerpo sabe el camino”.
Eso tampoco coincide con lo que sostienen los especialistas. Aunque el embarazo haya transcurrido sin problemas y tanto la madre como el bebé estén completamente sanos, ningún médico puede garantizar que el parto será sencillo. El trabajo de parto puede cambiar en cuestión de minutos.
Un bebé que durante horas presenta una frecuencia cardiaca normal puede comenzar súbitamente a mostrar signos de sufrimiento fetal. El trabajo de parto puede detenerse porque el bebé deja de descender por el canal del parto. La madre puede presentar una hemorragia inesperada, un desprendimiento prematuro de la placenta o una elevación brusca de la presión arterial.
En cualquiera de esos escenarios, cada minuto cuenta. Por ello, un parto aparentemente normal puede convertirse en una urgencia obstétrica y requerir una cesárea inmediata.
La posibilidad de realizar una cirugía de emergencia, disponer de anestesiólogos, bancos de sangre, medicamentos para controlar hemorragias, equipos de reanimación neonatal y especialistas preparados para actuar en minutos ha permitido salvar millones de vidas.
Precisamente porque nadie puede predecir cuándo aparecerá una complicación, el acceso inmediato a atención médica especializada sigue siendo uno de los pilares para proteger la vida de la madre y del recién nacido.
La pregunta de fondo es inevitable: ¿por qué desde la propia Secretaría de Salud se impulsa un discurso que parece romantizar un regreso al pasado, cuando la historia y la ciencia han demostrado exactamente lo contrario?
Nadie está en contra de que una mujer tenga un parto respetado, con libertad para decidir y con el menor número posible de intervenciones innecesarias, pero lo preocupante es transmitir la idea de que el parto fuera del hospital ofrece el mismo nivel de seguridad que uno realizado en un centro médico equipado para responder a cualquier emergencia.
Si realmente se busca proteger a las mujeres, la prioridad debería ser muy distinta: fortalecer el sistema de salud, garantizar atención prenatal de calidad, asegurar que todas las embarazadas tengan acceso a hospitales bien equipados y lanzar campañas efectivas para prevenir el embarazo adolescente.
México continúa entre los países de la OCDE con mayores tasas de fecundidad adolescente, y las menores de 15 años enfrentan un riesgo significativamente mayor de complicaciones durante el embarazo y el parto.
Mientras tanto, los hospitales públicos padecen desabasto de medicamentos, falta de personal, quirófanos cerrados y tiempos de espera cada vez más largos.
La verdadera discusión no debería ser cómo regresar a un modelo de atención de hace un siglo, sino cómo garantizar que ninguna mujer tenga que poner en riesgo su vida o la de su hijo por falta de acceso a servicios médicos oportunos y de calidad.
Del Estado se espera que acerque a la población a los avances de la medicina, no que la invite a desconfiar de ellos. La salud pública debe construirse con evidencia científica, no con nostalgia ni con ideologías. Cuando una complicación ocurre durante un parto, las consecuencias las pagan la madre y el bebé, muchas veces con su vida.
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