Hace poco más de un año, Donald Trump humilló al presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, en la Casa Blanca. La semana pasada, en una reunión de la OTAN, lo trató como a un aliado importante. ¿Qué sucedió?
La OTAN, la alianza militar que reúne a Estados Unidos, Canadá y buena parte de Europa, se reunió en Ankara, Turquía, para discutir la seguridad del continente y la guerra en Ucrania. Ahí ocurrió una escena que habría parecido imposible en febrero de 2025. En aquella reunión en Washington, Trump acusó a Zelenski de no ser agradecido por la ayuda estadounidense. También le dijo que no tenía “las cartas” para negociar con Rusia. El mensaje era sencillo: Ucrania estaba perdiendo y debía aceptar las condiciones de Moscú.
En Ankara, Trump dijo otra cosa. Habló de una buena relación con Zelenski, elogió la capacidad militar ucraniana y anunció que Estados Unidos permitirá a Ucrania fabricar misiles Patriot. Estos misiles sirven para derribar proyectiles rusos, sobre todo los balísticos, que hoy causan daños graves en ciudades como Kiev. La producción no comenzará mañana. Puede tardar meses o años. Aun así, el anuncio muestra que Washington cambió de posición. También muestra que Trump ya no ve a Rusia como el ganador inevitable.
La guerra también ha cambiado. Después de más de cuatro años de conflicto, Rusia todavía ocupa cerca de una sexta parte del territorio ucraniano y sigue atacando ciudades. Pero sus avances son muy lentos y costosos. Funcionarios estadounidenses y ucranianos calculan que el ejército ruso pierde, entre muertos y heridos, cerca de 30 mil soldados cada mes para mantener un frente que casi no se mueve. Al mismo tiempo, Ucrania ha recuperado terreno en algunas zonas. Su mayor ventaja no está en tener más soldados, sino en usar mejor los drones. Con ellos ataca posiciones rusas en el frente, pero también refinerías, depósitos de combustible, trenes, barcos y bases militares lejos de la línea de combate.
Crimea es el mejor ejemplo. Rusia se anexó ilegalmente la península en 2014 y la convirtió en base naval, plataforma aérea y símbolo de su regreso imperial. En la nueva ofensiva de 2026, Ucrania comenzó expulsando a buena parte de la Flota del Mar Negro con drones acuáticos.
Después atacó radares y defensas antiaéreas. Luego pasó a golpear puentes, carreteras, ferrocarriles, camiones de combustible, subestaciones eléctricas y depósitos de petróleo. Hoy incluso bombardea regularmente camiones de carga que avanzan por las carreteras.
Eso ha hecho que Crimea comience a funcionar como una isla. Ya hay apagones, problemas de combustible y mayor dificultad para abastecer a las fuerzas rusas. Y ese cambio ya llegó a la diplomacia. La OTAN comprometió 70 mil millones de euros para Ucrania en 2026 y prometió mantener un nivel equivalente en 2027. Europa y Canadá pagarán la mayor parte; Estados Unidos aportará tecnología, armas y respaldo estratégico. Además, la alianza está trasladando a los europeos una responsabilidad militar que durante décadas descansó principalmente en Washington.
Moscú conserva capacidad para atacar ciudades, movilizar hombres y prolongar la guerra. Pero este giro no es trivial. A los ojos del mundo, y en especial de los de Estados Unidos, Putin ya no parece inevitable. Y Trump siempre se aleja de quien empieza a parecer perdedor. En esta batalla de David contra Goliat, parece que quien antes no tenía cartas, hoy tiene una mejor mano para seguir en la batalla.
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