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Las guerras escondidas

Montserrat Salomón. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

La guerra entre Estados Unidos e Irán, que nadie reconoce como tal y que ya lleva seis meses de duración, parece no tener fin. Después de múltiples altos al fuego echados por la borda ya sea por Irán, EU o por el imprevisible Netanyahu, los bombardeos continúan, los drones siguen volando y el estrecho de Ormuz sigue cerrado.

El último pacto, con el que se anunció el fin de la guerra, es una simulación fabricada con el único propósito de acallar al congreso estadounidense que ya había sancionado que rechazaban la guerra y no daban el permiso debido para que el presidente continuara con ella. Palabras vacías cuando la agresión continúa bajo epítetos nuevos y una arrogancia que no respeta legislaciones.

En otro movimiento histriónico, el presidente estadounidense ahora anuncia un nuevo bloqueo a embarcaciones iraníes al estrecho y un cobro del 20 por ciento sobre la carga para cualquier buque que lo atraviese. La justificación es una retribución por el servicio de vigilancia, por nadie solicitado, y control sobre ese enclave estratégico para el comercio energético global. Una medida que, a decir del mismo mandatario, será entendida y agradecida por las naciones involucradas.

Mientras los actores internacionales levantan las cejas ante estas declaraciones, al interior de EU el alza de las gasolinas no se hizo esperar. Una guerra ilegal que nadie quiere y el encarecimiento de la vida son elementos de alto riesgo para una administración que vive sus momentos más bajos de aceptación en las encuestas y que enfrenta una elección intermedia en noviembre con el potencial de hacerle perder alguna de las cámaras legislativas y tambalear el hasta ahora inexpugnable castillo de su autoritarismo.

La respuesta del régimen ha sido regresar a su estrategia básica de juego: inundar los medios amigos al presidente de mensajes patrioteros, de la caza de inmigrantes, de estadísticas que ya no disimulan su racismo al anunciar que si sólo hubieran votado descendientes de “americanos reales”, su partido habría ganado tal o cual elección. Odio, división y falsedades para darle al pueblo un enemigo al cual echarle la culpa del desastre económico de su gobierno.

Una base enceguecida, enojada y con una calidad de vida en declive que no alcanza a ver el enriquecimiento de los magnates al poder y que siguen culpando, por sugerencia de la cúpula, a sus vecinos de todos sus males. Alimentando una guerra interna que lleva mucho más de seis meses de duración. Una guerra que ha roto la cohesión social y que amenaza los cimientos mismos de una democracia que está al borde del estallido social.

Y mientras tanto, los ricos son más ricos; los pobres son más pobres; y los presidentes juegan al golf mientras miran a su pueblo arder.

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