LA MALETA DEL CINE

El ser fluye como el agua

Javier Solórzano Casarín │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Javier Solórzano Casarín │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Especial

Junto con Akira Kurosawa, Yasujirō Ozu (1903-1963) construyó un retrato incomparable y humanista sobre la sociedad japonesa en la pre y posguerra (1939-1945), influenciando a un sinfín de generaciones de cineastas, guionistas y actores a lo largo de la historia.

Yasujirō Ozu bosquejó a un Japón en la cotidianidad de las ciudades y de los pueblos a través de las miradas de sus habitantes, del choque cultural y generacional, y de la singularidad del tiempo manifestado en el ciclo de la vida y la muerte. Sin nunca perder de vista que el humor es parte intrínseca de la experiencia humana.

Un auténtico poeta de la imagen y el sonido, cuya huella autoral dejó una impresión profunda e indeleble en todas las audiencias que han disfrutado su trabajo. Su filmografía ha sido una inspiración para directores como Wim Wenders, Jim Jarmusch, Abbas Kiarostami, Hirokazu Koreeda y Wes Anderson.

La historia de Japón ha estado marcada por una extensa serie de capítulos turbulentos, fascinantes y paradójicos. Intensos pasajes de pobreza, inestabilidad social y de violencia pura y, al mismo tiempo, expresiones maravillosas en el arte y la cultura.

A pesar de haber sido devastado por la Segunda Guerra Mundial y las dos detonaciones de la bomba atómica —el genocidio perpetrado por parte del gobierno del presidente estadounidense Harry S. Truman, el cual, hasta la fecha, tiene serias ramificaciones—, Japón ha sido un modelo económico a nivel mundial. Es actualmente la cuarta economía más poderosa del mundo, y culturalmente es un parámetro para las sociedades orientales y occidentales.

El cine de Ozu es invariablemente un referente no sólo del cine japonés, sino del séptimo arte universal autoral. Su capacidad por revolucionar la gramática cinematográfica, en contra de cualquier convención, construyó un idioma visual que se consumó en un estilo único. Planos abiertos que contaban fragmentos de la historia no solamente establecían tiempo y espacio; un solo emplazamiento en interiores donde usaba exclusivamente la lente de 50 milímetros para simular la mirada del ojo humano, invitando a la sensación de que los actores hablaban a la cámara, creando una perspectiva indudablemente subjetiva e intensificando la intimidad en la interacción de sus personajes. La narrativa es contemplativa, paciente e inmersiva; abriendo la puerta a un diálogo casi espiritual entre los personajes, la historia y el público.

Tenemos suerte, ya que del 21 de julio al 2 de agosto habrá una retrospectiva del maestro Ozu, en la que 12 de sus películas más aclamadas se proyectarán en la Cineteca Nacional de Xoco. Clásicos como Historia de Tokio (1953), Primavera temprana (1956) y El sabor del té verde con arroz (1952) serán parte de la muestra.

La obra de Yasujirō Ozu es prueba de lo mejor que puede ofrecer el cine, el viaje se vive a través de los sentidos, nos obsequia emotivas reflexiones acerca de la vida, sobre las relaciones humanas, el tiempo y el significado de nuestra existencia… sin nunca perder el sentido del humor.

Temas:

Google Reviews