SOBRE LA MARCHA

Nuestro ánimo, el mayor activo nacional

Carlos Urdiales. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Carlos Urdiales. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

A veces imaginamos el futuro con fuegos artificiales. Y, sin embargo, cuando uno mira el piso —no el letrero— la historia no siempre alcanza para construir una esperanza sólida. El Indicador Oportuno de la Actividad Económica para junio sugiere una mejoría leve. No es un salto que justifique júbilo inmediato: más bien confirma que la economía se mueve, pero a una velocidad modesta. Y esa diferencia —entre “avanza” y “avanza lo suficiente”— es la que suele pasarse por alto cuando los titulares se impacientan.

La tentación es doble: celebrar el rebote y minimizar los matices. Pero los detalles importan porque al final lo que sostiene la vida real no es el entusiasmo del momento, sino el ritmo de crecimiento capaz de traducirse en empleo digno, mejores ingresos y una recaudación que permita financiar el desarrollo. La pregunta, entonces, no es si hay mejora; es si alcanza.

¿Y el resto del año? Hay pronósticos que insinúan que el desempeño podría estabilizarse e incluso moverse hacia cifras ligeramente mejores, con el típico argumento de inflación más controlada, tasas en nivel neutral y una estrategia de impulso a la inversión vía infraestructura.

El problema es que, aun si todo eso se cumple, sigue existiendo una brecha de fondo: esta economía no alcanza la velocidad necesaria. Ni con semejante mundial.

Si el aplauso o la rechifla sobre los pronósticos oficiosos respecto a visitantes y derrama resultan ociosos. Quien mide la utilidad de un gran evento no debería hacerlo sólo por cuántos llegan o cuánto “prometió” la cifra. La pregunta es ¿qué tanto ese impulso cambia la trayectoria de fondo? ¿Qué tanto reduce precariedad, informalidad y falta de oportunidades? ¿Qué tanto convierte el “evento” en capacidad productiva?

Antier se dijo que México fue la mejor sede del Mundial 2026. Ojalá. Pero la frase, sin contexto, suena a consuelo elegante, como si el espectáculo pudiera compensar algunos saldos tristes.

Y si, como se advierte, el torneo también estuvo acompañado de ambientes tensos o conductas fuera de control en Canadá, Estados Unidos y aquí en México, entonces la pregunta ya no es si fuimos “la mejor sede”, sino qué se hizo para que la diversión no aumente la impunidad, violencia y costos humanos.

Porque, al final, la derrama turística y los anuncios de infraestructura chocaron con un calendario implacable: obras no terminadas, expectativas que no siempre se cumplen y una economía que avanza lento.

Lo importante no es si el Mundial entusiasmó; es si el país recupera vigor económico: movilidad social, oportunidades reales, menos precariedad laboral, menos informalidad y una recaudación fiscal sana que sostenga el desarrollo, no sólo campañas por venir.

Por eso, no alcanza con “ganas y porras”. Nuestro mayor activo nacional no debería ser la narrativa, sino la capacidad de convertir el ánimo en resultados; reglas claras, proyectos terminados, seguridad real y certidumbre comercial. Si no, lo de “mejor sede mundialista” será apenas un título bonito sobre un piso que todavía no cuadra.

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