Darle con un palo al avispero popular es polarizar. Radicalizar la comunicación social desde el poder no sólo anima la charla en la plaza pública, también abre rutas para que la estridencia política acapare la crónica diaria.
México es un país demasiado desigual, y en la ruta para subsanar ese agravio nos extraviamos, una vez más, entre risas y empujones en la demagogia, en la vulgaridad politiquera, entre estrategias ya no de comunicación sino de propaganda. Por activas y pasivas.
Revisar la conversación —por demás parcial— en las redes sociales y plataformas los días recientes, nos permite a imaginar un momento en el cual lo realmente trascendente es trolear más y mejor que los de enfrente. Salpicar más heces al contrincante.

• Las bombas (desactivadas) de Lenia
Gastar más recursos y energía en pagar a paleros de oficio para que estructuren tendencias peyorativas sinfín.
Hay lucha y revancha, los del poder no se ocupan por construir, siguen divertidos en la demolición de lo que sea que no tenga patente 4T.
El PRI fue tan como Morena anhela ser, por tantas décadas, que sólo al final intentó sin pericia ni legitimidad, vender logros y desarrollos institucionales con algo de infraestructura social.
Al PAN sólo le dimos espacio para pregonar que AMLO era un peligro para México. Vicente Fox lo hizo mártir y héroe. El último mohicano copetudo del tricolor, con sus compinches de partido más transas que nunca, entregaron todo el poder al más astuto y perseverante cazador de la silla del águila.
Ahora, el Gobierno encabeza el debate sobre niveles de audiencia —raiting— de su conferencia cotidiana.
Hoy, lo importante parecería ser demostrar que las granjas de robots cibernéticos y los nuevos jilgueros orgánicos del régimen son blancas palomas; que los oscuros halcones del conservadurismo —sinónimo para la 4T de corrupción— son peores.
Hoy, lo que vale es quién calumnia más, cuál actor político, incluyendo a varios medios, es más víctima o truhan. Estigmatizar al periodismo desde el poder hoy alcanza tintes descomunales.
La siembra y procura a una claque de opinadores e influyentes digitales pro 4T a costa del erario, en especie y en metálico, es obscena.
La energía de nuestros gobernantes, gestores a sueldo del bienestar colectivo, se invierte más en ganar la narrativa y los votos. ¿Y si sí la dominan? Ganarán en el 2030.
Pero hasta ahora, por las razones varias que quieran esgrimir, además obvio de la herencia que no imaginaban, no han dado mejores resultados.
El horizonte para los y las mexicanas en 5, 10, 20 o 30 años debería ser más promisorio. Ojalá premiemos ideas y acciones más que la diatriba en la guerra de dimes y diretes.
Porque la corrupción sigue, la falta de crecimiento y empleo también, la violencia no es la misma, pero es mucha. Y un larguísimo etcétera.
Éste es, por el momento, el México que elegimos. Un circo de bajo presupuesto con cientos y cientos de merolicos, payasos y cachetadas.

¿Para qué?

