El 11 de agosto, el Parlamento húngaro eligió a András Baka como presidente de la República por 140 votos contra seis. Fidesz boicoteó la sesión. La escena tenía algo de restitución histórica: Baka, antiguo presidente del Tribunal Supremo, fue apartado anticipadamente en 2011 durante la reorganización judicial de Viktor Orbán. Años después, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos concluyó que la terminación de su mandato había vulnerado derechos protegidos. Ahora regresará como jefe del Estado.
La escena ofrece la tentación de leer el episodio como justicia poética. Y, aunque complaciente, sería una lectura insuficiente.
Hungría comienza a desmontar el sistema institucional construido por Orbán. La elección de Baka tiene un valor simbólico evidente, pero también una función concreta. Aunque la presidencia sea ceremonial, puede devolver leyes al Parlamento o remitirlas al Tribunal Constitucional. En una democracia que intenta recuperar contrapesos, incluso una facultad limitada puede adquirir verdadero peso.

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Además, será el primer presidente de la etapa posterior a Orbán. El periodo de su antecesor fue acortado para permitir el relevo. Esa decisión ofrece un ángulo preciso del problema, pues para restablecer la normalidad institucional, la nueva mayoría comenzó modificando el calendario institucional. La excepción se justificó como remedio frente a otra excepción, un juego de espejos donde las anomalías se disfrazan de norma.
El problema está en el método. La nueva mayoría encabezada por Tisza utilizó su supermayoría para anticipar el relevo presidencial. Quienes defienden la decisión sostienen que conservar intactos los nombramientos del régimen anterior permitiría que la captura institucional sobreviviera a la derrota electoral. Sus críticos responden que combatir la concentración mediante procedimientos acelerados y mayorías arrolladoras puede reproducir, con otros nombres, la misma lógica.
Cada bando posee una pieza del rompecabezas de la razón. Una democracia capturada no se repara dejando que todas las piezas permanezcan donde las colocó quien la debilitó. Pero tampoco se reconstruye sustituyendo obediencias viejas por obediencias nuevas.
Ahí está el dilema húngaro. La restauración democrática exige intervenir instituciones deformadas, revisar nombramientos y devolver autonomía a los órganos de control. Sin embargo, cuanto mayor es la capacidad de una mayoría para corregir el pasado, mayor debe ser su disposición a limitarse a sí misma. La fuerza necesaria para reparar puede convertirse con facilidad en permiso para dominar.
Baka ha prometido justicia sin revancha. La frase es adecuada, pero todavía pertenece al terreno de las intenciones. Su prueba comienza hoy, 19 de agosto; y no será el simbolismo de su biografía, sino el uso que haga de las atribuciones que recibe y los límites que acepte cuando tenga motivos para no aceptarlos.
La democracia sólo se restaura cuando quienes llegan al poder renuncian a utilizar todas las ventajas que heredaron de quienes abusaron de él.

VISAS. VISAS, VISAS…

