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María Rosa Oliver: la fe en el viaje

No soy turista, de María Rosa Oliver Foto: Especial

La historiadora argentina Adriana Petra, estudiosa de las tradiciones intelectuales de izquierda en su país, ha compilado, para el Fondo de Cultura Económica de Buenos Aires, una antología de textos de la escritora María Rosa Oliver (1898-1977). El título No soy turista (2026) es toda una declaración de principios que habría que entender con la afirmación que le sigue: soy una viajera.

Son realmente asombrosos los itinerarios de Oliver, fundadora, junto con Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, de la mítica revista Sur en 1931. Más asombrosos si se recuerda la atrofia que le dejó como secuela una poliomielitis infantil. La escritora recorrió las principales capitales europeas (París, Berlín, Viena, Madrid…), la Unión Soviética, China e India, entre 1952 y 1954, y gran parte del continente americano, entre Estados Unidos y Chile.

La literatura de Oliver era, como diría Carlos Monsiváis, “esencialmente viajera”. No habría que esperar otro tipo de prosa de una autora cuyo primer libro se tituló Geografía argentina (1939), un manual de enseñanza para niños. Pero sería equivocado limitar su obra al género de “literatura de viajes”. Como muestra esta antología de Petra, lo que sucede con Oliver es que otras formas de escritura, como la crítica, el ensayo o la carta, reproducían el estilo viajero.

Muy amiga de Alfonso Reyes, desde los años de la fundación de Sur, cuando el mexicano fue embajador en Argentina y Brasil, Oliver visitó México en 1944 y 1946. De este país dijo que “era el más misterioso de cuantos había conocido”. Recuerda que la llevaron al Desierto de los Leones, donde no vio “ni uno solo embalsamado”. Y recuerda también sus encuentros con Orozco, Rivera y Cantinflas y sus visitas a Morelia, a Pátzcuaro y a Puebla, donde la gente se pasea entre iglesias y habla como entre murmullos y silencios.

Oliver contaba sus viajes en cartas a sus amigas. Por ejemplo, a Gabriela Mistral, en 1947, le narró sus impresiones de México y los contrastes que veía a su paso por Guatemala y Bolivia. Sobre La Paz, dice que tuvo la sensación de llegar a otro planeta: “Qué aridez tan linda y cuánto color en esa piedra desnuda ¡Qué bondadosa y sencilla su gente culta y qué serio y trabajador su pueblo indio!”.

Escribía Oliver, en 1944, que los latinoamericanos de su generación habían sustituido el “viajar por Europa” con el “viajar por América”. En Río de Janeiro y Sao Paulo, en Santiago, Lima o Bogotá, la escritora se encontraba con una tribu de vecinos, muy próximos entre sí, pero también muy distintos e incomunicados. Estados Unidos y específicamente Nueva York eran estaciones obligadas de dichas trayectorias.

Después de respaldar a los republicanos españoles en la Guerra Civil peninsular, en los 30, y de simpatizar con el giro roosveltiano de las relaciones interamericanas, en los 40, Oliver se involucró en las redes del Consejo Mundial por la Paz y los congresos que realizó en Viena, Helsinki y Ceilán. A diferencia de Reyes y Mistral y de sus amigos de Sur, que giraban más en la órbita del Congreso por la Libertad de la Cultura, ella se aproximó al polo izquierdo de la Guerra Fría.

No fue raro, entonces, que María Rosa Oliver apareciera, en 1964, en La Habana, como jurado del Premio Casa de las Américas. En aquella visita se entrevistó con el Che Guevara, cuyos Pasajes de la guerra revolucionaria se le parecieron, estilísticamente, a Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla, el escritor y político argentino del siglo XIX.

Con Guevara, Oliver habló de Baudelaire y de Marx, de la proliferación de guerrillas en América Latina, que ella no creía generalizable, y de cine. La argentina, gran conocedora de cinematografía europea y estadounidense, no ocultó su desilusión cuando Guevara le dijo que prefería los westerns a Viridiana de Luis Buñuel. Sintió alivio, eso sí, cuando Guevara le dijo que se oponía a la censura en la isla.

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