APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

La voluntad de ignorar

Hay una “disolución de la verdad en la conversación democrática”, dice Subirats, que responde a dos causas por lo menos: la velocidad con que las nuevas tecnologías (...) reemplazan la creación intelectual y la crisis de los mecanismos deliberativos y representativos de la democracia

Evento de presentación de Apple, en Nueva York, EU, el 4 de marzo.
Evento de presentación de Apple, en Nueva York, EU, el 4 de marzo. Foto: AP

Nuestra época atestigua una de las mayores reacciones contra las premisas ilustradas de la modernidad. Todo aquello que tan intensamente se debatió a fines del siglo XX, cuando las ideas postmodernas irrumpieron en la esfera pública global, experimenta ahora una constatación sombría: la revolución tecnológica se da acompañada de un avance de la superstición, el fanatismo y la ignorancia en la vida cotidiana.

Lo comentamos aquí, a propósito de La sociedad del desconocimiento (2022), el libro de Daniel Innerarity, y lo hemos vuelto a leer en La brecha entre saber y hacer (2026) de Joan Subirats. Hay una “disolución de la verdad en la conversación democrática”, dice Subirats, que responde a dos causas por lo menos: la velocidad con que las nuevas tecnologías, las redes sociales y la Inteligencia Artificial reemplazan la creación intelectual y la crisis de los mecanismos deliberativos y representativos de la democracia.

La erosión democrática encuentra terreno fértil en la polarización de las redes por la incapacidad para normar la comunicación en medios tan novedosos y aparentemente atomizados. Los algoritmos, dice Subirats, funcionan como máquinas replicantes de discursos de odio, estigmatizaciones políticas, fusilamientos de la reputación, pero también como quiebre de jerarquías del saber y simplificaciones, cuando no, tergiversaciones de la historia, más allá de todo revisionismo documentable.

En ese avance contrailustrado, las verdades dejan de ser una duda para ser sustituidas por mitos o fantasías. Las fakenews son la forma más superficial de ese desplazamiento: mucho más grave que una noticia falsa en un periódico sería, por ejemplo, como sucede ahora mismo en Estados Unidos, que el ministerio de sanidad de cualquier país diese por válida la tesis no comprobada de que las vacunas producen autismo. Cuando alguna patraña sobre el pasado o el presente se convierte en política pública, estamos en presencia de la manifestación más peligrosa del deseo de ignorar.

Mark Lilla, profesor de la Universidad de Columbia, dedica el tema su último libro, Sobre el deseo de no saber. Ignorancia y felicidad (2026). Como en otros de sus libros, Pensadores temerarios (2006) o La mente naufragada (2017), la base de su argumentación proviene de la historia de la filosofía. Pero, esta vez, Lilla no se detiene tanto en perfiles de filósofos (Schmitt, Heidegger o Arendt; Rosenzweig, Voegler o Strauss) como en personajes de la filosofía: Edipo, Odiseo, Sócrates, protagonista de Platón.

El presente no siempre es visible en el ensayo, pero las líneas introductorias, en las que Lilla altera el mito de la caverna platónica, introduciendo el personaje de un niño que, después de salir de la cueva, prefiere regresar a la penumbra, alumbrado sólo por la luz de la pantalla de su computadora o su iPhone, dejan clara la intención de debatir el cambio civilizatorio que vivimos.

Todos los personajes del libro, incluido San Agustín, como protagonista de sus Confesiones, encarnan algún tipo de evasión del saber. Todos representan un malestar con el conocimiento y el rechazo a ser predestinados o codificados por una profecía o una mentalidad. Son rebeldes, y esa rebeldía es la que los ha convertido en referencias milenarias de la cultura occidental, desde Homero hasta Nolan.

Lo que se olvida, y ese olvido constituye un claro síntoma de la ignorancia de nuestro de desconocimiento, es que todos son también figuras que personifican un rechazo a la verdad y al saber. Es cierto que en su pleito con lo sabido exploran otras formas del saber, pero el impulso que los define está ligado a una relativización de certidumbres comunes. Son misólogos, más que filósofos, los personajes de este libro de Lilla, antiquísimas versiones del niño que, en las primeras páginas, prefiere regresar a su mundo seguro de sombras iluminadas en las paredes de la gruta por un fuego tenue.

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