Desde que la inteligencia artificial (IA) generativa irrumpió masivamente en 2022, el clima del planeta ha empeorado. 2025 alcanzó 1.43 grados Celsius por encima del promedio registrado de 1850 a 1900. El mar se calienta y los glaciares derretidos causan deslaves asesinos, como en Nepal y el Gran Cañón. Apenas nos queda tiempo para reducir emisiones y adaptarnos, antes de llegar a un escenario de colapso.
Reaparece, en este contexto, una propuesta que durante décadas habíamos descartado: la geoingeniería solar. ¿Quién se atreve a modificar deliberadamente la atmósfera o la cantidad de radiación solar que llega al planeta? El sentido común nos lleva a rechazarlo porque podrían producirse efectos regionales imprevisibles, alterar patrones de lluvia y generarse nuevos riesgos ecológicos, adicionales al que se quiere enfrentar.
Pero ¿qué ocurrirá si todas las soluciones convencionales contra el calentamiento global resultan insuficientes?

• Durazo... ¿oye pasos?
Elon Musk sostiene que la forma más práctica de enfriar la Tierra sería con un enjambre de satélites superinteligentes que, colocados en puntos de Lagrange entre la Tierra y el Sol y lanzados mediante infraestructura lunar, resolverían el problema. Asegura que la transición a energías limpias no bastará.
Desde luego, hay quienes se oponen. Naomi Klein y Astra Taylor anunciaron su libro End Times Fascism para el 15 de septiembre. Veremos qué proponen.
La iniciativa de Musk parece novedosa… no lo es. En su libro Novaceno, de 2019, el genial inventor James Lovelock afirmaba que si una súper IA pudiera diseñar y operar un sistema de ajuste del balance energético de la Tierra, el cambio climático dejaría de ser exclusivamente un problema de emisiones, para ser un asunto de ingeniería. La IA, explicaba Lovelock, podría servir para implementar espejos espaciales capaces de reflejar una pequeña fracción de la radiación solar.
En 2019 había una gran distancia entre imaginar esa intervención y llevarla a cabo con éxito. Pero, con los avances en IA ¿ya es técnicamente viable?
La historia de la tecnología está llena de astucias que alguna vez parecieron imposibles y, a la inversa, de catástrofes que nadie vio venir junto con ciertas máquinas. Hay varias preguntas que debemos responder con responsabilidad: ¿Es realmente verdad que ya no es suficiente optar entre descarbonización (reducir emisiones y usar energías limpias) y geoingeniería, por lo que debemos explorar ambas vías? ¿Estados Unidos y China lo harán sin preguntarle al resto del planeta?
Estoy convencido de que la geoingeniería no debe ser nuestra prioridad, por sus riesgos. No es seguro que seamos capaces de desarrollar esta tecnología que corrija nuestras flaquezas, sin acelerar también otras desgracias. Pero, como universitario, abriré mis oídos a colegas ingenieros realmente informados. No sólo por cortesía, sino porque esto no puede ser tema de egos, ni podemos ignorar la gravedad de la situación planetaria actual.
Quizá la geoingeniería sea una pésima idea, pero si dentro de unas décadas descubrimos que era la última buena idea disponible, nos arrepentiremos de haber censurado a quienes querían exponerla en conferencias magistrales y artículos académicos.

Sin equilibrios

